Ana María Brenda (coordinadora)

(Compilación de los alumnos de la especialidad Literatura Infantil del Profesorado para la Enseñanza Primaria del Instituto Inmaculada Concepción)

 

Breve Antología Infantil (año 2000)

 

 

PRIMER CICLO E.G.B.

 

 

 

CUENTOS TRADICIONALES

 

w             “Pinocho va a la escuela”  Pág. 1

w             “Pinocho es vendido al titiritero”    Pág. 3

w             “Pinocho pierde su dinero y se corrige de las mentiras”            Pág. 5

w             “Pinocho va a la isla de las diversiones”       Pág. 8

w             “Pinocho se convierte en niño”       Pág. 11

w             El zapatero y los duendes  Pág. 13

 

CUENTOS

 

w             Lo más hermoso  Pág. 15

 

HISTORIAS DE LA BIBLIA

 

w             “La Creación”      Pág. 18

w             “El pecado original”           Pág. 19

w             “El Arca de Noé” Pág. 21

w             “La torre de Babel”             Pág. 23

w             “Moisés salvado de las aguas”       Pág. 25

w             “David vence a Goliat”      Pág. 27

w             “El compañero de viaje”    Pág. 29

w             “La anunciación a María”  Pág. 31

w             “Navidad”            Pág. 33

 

LEYENDAS

 

w             La sombra del ombú           Pág. 35

 

FÁBULAS

 

w             La liebre y la tortuga           Pág. 37

w             El Sol y el Viento Pág. 38

 

POESÍAS:

 

w             Amanecer             Pág. 39

w             Corderitos             Pág. 39

w             Mis dos Patrias    Pág. 40

w             Otoño    Pág. 40

w             El Himno del Universo       Pág. 41

w             Cuando miro a mi Bandera Pág. 41

w             Poema del caballero enamorado       Pág. 42

w             La Jirafa Pág. 42

 

SEGUNDO CICLO E.G.B.

 

 

 

CUENTOS TRADICIONALES

 

w             Los músicos de Brema       Pág. 45

w             El gigante egoísta               Pág. 50

 

CUENTOS

 

w             Tres cosas            Pág. 54

w             El camarón encantado        Pág. 55

w             El loro pelado       Pág. 62

w             Los anteojos de Dios         Pág. 67

w             El mudito alegre   Pág. 70

w             La pancita del gato             Pág. 72

 

LEYENDAS

 

w             La doncella sobre el mar    Pág. 74

 

FÁBULAS

 

w             El leñador que perdió su hacha        Pág. 75

w             El león enamorado              Pág. 76

 

POESÍAS, CANCIONES, ROMANCES

 

w             Una vez había un tesoro    Pág. 77

w             Anoche cuando dormía     Pág. 81

w             Romance del prisionero     Pág. 82

w             Romance del enamorado y la muerte               Pág. 82

w             Osar, temer, amar...              Pág. 83

w             ¡Inteligencia, dame...!          Pág. 84

w             El jilguero              Pág. 84

w             Villancico del llanto redentor            Pág. 85

w             Nocturno              Pág. 85

w             Vivir       Pág. 86

w             Búsqueda             Pág. 86

w             Dones    Pág. 87

w             Deudas  Pág. 87

w             Amor      Pág. 88

w             La Virgen de Luján              Pág. 88

w             Romance del 25 de Mayo  Pág. 89

w             Al hijo    Pág. 90

 

MITOS

 

w             Penélope y Ulises               Pág. 92

w             Combate de Aquiles y Héctor          Pág. 96

 

BIOGRAFÍAS DE HÉROES, MUJERES NOTABLES, SANTOS Y ARTISTAS

 

w             Biografía de la Madre Teresa de Calcuta        Pág. 98

 

 

PINOCHO

 

Cuento adaptado por Elena Ianantuoni,

 (en capítulos para ser leídos por el docente.)

 

Pinocho va a la escuela

 

 

El buen Geppetto dio por terminado su trabajo.

¿Saben qué había hecho? ¡Un lindo muñeco de madera!

-Pareces un nene de verdad-, le dijo Geppetto tirándole un beso- ¿qué nombre te pondremos? A ver... sí: Pinocho, me gusta Pinocho.

Antes de acostarse, los ojos cansados pero contentos del buen anciano se elevaron al cielo.

-¡Dios mío! Te agradezco todo lo que me das, lo que tengo y lo que me falta, pero...¡cuánto deseo tener un hijito!

Pronto todo quedó envuelto en las sombras y en un dulce silencio. A lo lejos sólo se oía el canto de los grillos.

Geppetto, dormido, sonreía. Soñaba con su hijito.

Una voz cristalina le dijo: “Tu oración ha sido escuchada”.

Era el Hada Azul.

Una nube de estrellas la rodeaba, y todo el cuarto se iluminó. El hada se acercó a Pinocho. Tocó sus piernas de madera: comenzó a moverlas. Tocó sus brazos: los levantó y bajó varias veces. Tocó su carita, y pudo pestañear y hasta sonreír.

-Ahora eres casi como un niño de verdad -dijo el hada-. Podrás cantar, correr y saltar. Sólo te falta poder elegir entre el bien y el mal. Ya encontraremos quién te ayude.

-Eh, tú, ¿cómo te llamas? –preguntó el hada mirando a un rincón.

-Juan es mi nombre –dijo un grillo que había entrado por la ventana.

-Bien, Juan. Tienes cara de ser un buen grillo. Tú serás la conciencia de Pinocho. Cuida mucho decirle lo que debe hacer o evitar. Aconséjalo siempre bien.

-No te preocupes, Hada Azul, lo ayudaré a ser bueno.

-¡Sí, sí! ¡Gracias! ¡Gracias Hada Azul!

-Volveré a visitarte. Adiós, Pinocho-. Y el hada desapareció.

Pinocho no cabía en sí de alegría. ¡Correr! ¡Saltar! ¡Cantar! ¡Qué lindo! Movió sus brazos y piernas de madera hasta caer dormido.

A la mañana siguiente Geppetto descubrió que su sueño era realidad.

-¡Pinocho! Mi Pinocho, ¡estás vivo! ¡Te mueves de verdad!

-Sí, papá.

-...¡y hablas!

-Sí, papá.

-¡Cómo te quiero! ¡ Qué contento estoy! –gritaba y cantaba Geppetto bailando y cubriéndolo de besos.

Cantaban los pájaros y la brisa.

Cantaba la luz en la mañana.

-Si eres como los otros niños, bueno... casi como los otros niños, debo mandarte a la escuela-, dijo Geppetto. Y añadió:

-Allí aprenderás muchas cosas, pero lo más importante de todo es aprender a ser bueno.

Sobre la mesa había un cuadì¥Á I

 

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Al rato, cuando regresó, ya no tenía la chaqueta, pero en un paquetito estaban los útiles que necesitaría Pinocho. Geppetto se restregó las manos satisfecho, y se dispuso a preparar la humilde comida que compartiría con su hijito.

-¡Qué raro! Ya debería estar aquí- dijo consultando su viejo reloj.

Pero Pinocho no regresó ese día, ni al siguiente, ni más tarde, porque... algo espantoso le había sucedido.

La Zorra y el Gato, unos sinvergüenzas, lo habían visto por la calle al ir a la escuela. Enseguida pensaron: “Con este muñeco que se mueve vamos a ganar buen dinero”.

Lo siguieron un rato.

Pinocho iba muy seriecito por la calle, pensando tan sólo en llegar pronto a la escuela.

Al pasar por un salón de juegos electrónicos, las luces y el ruido llamaron tanto su atención, que se detuvo a ver.

Era la ocasión que esperaban los malandrines. Se le pusieron al lado, le dieron conversación y lo invitaron a entrar.

-¡No vayas! –dijo Juan Grillo al oído. Pero Pinocho estaba como sordo. Ni siquiera se molestó en contestarle.

Pasaron como tres horas. Pinocho, entretenido con tantas novedades, no lo advirtió.

-¡Uy! ¡Qué tarde es! -dijo el Gato-. Ya no podrás entrar a la escuela.

-Tampoco puedes volver a la casa de tu padre, que si se entera de esto, te castigará- dijo la Zorra.

-¿Qué puedo hacer entonces? -preguntó asustado Pinocho, -¿adónde iré?

-No te preocupes. Para algo somos tus mejores amigos -respondieron los malandrines- Nosotros te llevaremos con alguien que te hará ganar mucho dinero.

Pinocho se entusiasmó con esta perspectiva y siguió como sordo a los consejos y súplicas del Grillo.

Lo llevaron a casa del titiritero, que tenía un teatro ambulante. Éste, al ver la clase de muñeco que era, lo compró a la Zorra y al Gato por una buena suma de dinero.

Pinocho comenzó a trabajar en la función todas las tardes y todas las noches. De pueblo en pueblo, el éxito era mayor. El titiritero agregó otra función más. Así sería por el resto de su vida: divertir a los demás, sin una vida propia.

-Esto me pasa por ser un muñeco viviente –se lamentaba Pinocho.

-Esto te pasa por ser desobediente y tonto –le dijo Juan Grillo.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Es cierto! ¡Soy muy tonto! –gritó gimiendo Pinocho.

Tales fueron sus llantos, que los otros títeres también comenzaron a gritar y a llorar haciéndole coro.

El titiritero se levantó desesperado de la cama, y al ver de dónde provenía el desorden, enfurecido, decidió echar al fuego a Pinocho. Esa noche hacía mucho frío y tenía la chimenea prendida.

Pinocho se quedó como helado. En un instante comprendió adónde lo había conducido su poco juicio. Pensó en Geppetto y se le oprimió el corazón.

-Por favor -suplicó en voz bajita,-tenga piedad; no por mí, que soy un tonto, sino por mi pobre papá.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas. También los del titiritero se empañaron, recordando tal vez a su hijo. Entonces le dijo:

-¡Está bien! Vete...vete con tu padre. Y para que no piensen que soy un explotador, toma estas monedas. Son la paga por tu trabajo.

Pinocho no sabía cómo agradecerle. Con un tímido “Gracias, adiós, señor”, emprendió el camino de regreso a su casa, sin sospechar las aventuras que aún le esperaban.

 

*  *  *

 

Pinocho pierde su dinero y se corrige de las mentiras

 

 

Después de salvarse de vivir por el resto de sus días como un títere y también de servir de leña en la chimenea, Pinocho se encaminaba hacia su casa.

Iba contando las monedas que le había dado el titiritero.

No había andado largo trecho, cuando volvió a toparse con la Zorra y el Gato. Ambos, con su fino oído, habían escuchado el rintintín de las monedas.

-¡No hables con ellos! ¡Corre a tu casa! -le dijo el Grillo al oído.

-¡Qué tal! -lo saludaron- ¡Vemos que te has convertido en un hombre rico! ¡Felicitaciones!

Pinocho no pudo ocultar su satisfacción ante los halagos.

-¡Vamos! ¡Vamos a brindar por tus éxitos! –dijo la Zorra.

-¡Si, brindemos, brindemos! –dijo el Gato empujándolo casi hasta la entrada de un bar.

Pinocho tenía sed, y pensó que le vendría bien un refresco. Los malandrines pidieron, no sólo bebida en abundancia, sino también comida. Cuando hubieron comido y bebido hasta reventar dijeron al mozo:

-Nuestro amigo, que ahora es rico, invita.

Pinocho tuvo que pagar, gastando así casi la mitad de lo que tenía. Su cara debió mostrar lo afligido que estaba, porque la Zorra le dijo:

-No te preocupes por lo que gastaste. Nosotros te enseñaremos cómo obtener rápidamente mucho más, ¡qué digo!, muchísimo más.

-¿En serio? -preguntó Pinocho.

-¡Por favor! Nosotros somos tus amigos. Ya verás. En el camino te explicaremos -respondió el Gato.

-¡No les hagas caso! –gimió el Grillo.

Pero era inútil. Pinocho ya se había enredado otra vez con ellos, que no paraban en su charla.

Se detuvieron ante una casa de apuestas.

-Aquí es. Juegas uno y puedes ganar diez, o cien, o mil, o millones... ¿Qué te parece?

Ante el gesto de duda de Pinocho, el Gato lo decidió.

-Como eres chico, no te van a dejar apostar. Pero yo te lo solucionaré. Me das el dinero, te lo juego y luego repartimos las ganancias.

-¡Estupendo! -dijo la Zorra- yo también participo. Espéranos un momentito aquí afuera. Y los malandrines salieron corriendo por la puerta de atrás.

Pinocho esperó y esperó. Cerraron el negocio. La calle quedó desolada y la noche cayó sobre ella. Comenzó a llover.

Pinocho sintió todo su desamparo. Tenía hambre y frío. Hizo una súplica dentro de su corazón. Temblando, miró hacia todos lados. ¡Sí! Allá, al final de la calle se veía una luz en una ventana. Tal vez alguien se apiadaría de él.

Corrió como si un perro furioso lo persiguiera. Jadeante, se aproximó a la puerta. Cuando estaba por llamar, el cansancio y las emociones lo vencieron y cayó desmayado.

Al despertar se encontró seco, dentro de una cama tibia y en una preciosa habitación.

-¿Estoy soñando? –preguntó.

-No; estás en mi casa y eres mi huésped -dijo una dulce voz femenina-. Anoche te desmayaste frente a mi puerta, ¿qué te ocurrió?

-Le contaré, Señora -respondió Pinocho a la bella dama de cabellos azules que le hablaba-. Resulta que yo iba a la escuela, cuando me resbalé y me caí –Pinocho sintió una picazón en la punta de su nariz sin advertir que estaba más larga.

-Continúa –dijo la dama.

-Dos buenas personas me recogieron, y pensando que era un títere, me dejaron en lo del titiritero. Al fin me cansé de ganar dinero en su teatro, y me fui con mi paga. –La nariz le había crecido otro poco. Pero prosiguió:

-Iba a llevar todito el dinero a mi pobre papá, cuando dos asaltantes me amenazaron con sus cuchillos y pistolas, y me dejaron sin nada. ¡Epa! ¿Qué sucede con mi nariz?

Estaba realmente larguísima.

-¿Sabes por qué te está pasando esto? –preguntó la dama.

-Ni idea –y al decirlo le creció otro poco, porque en realidad lo sospechaba.

-¡Ay! Es que estás diciendo mentiras. ¿Sabías que hay dos clases de mentiras? Las que tienen las patas cortas y las que tienen la nariz larga. Por lo visto, las tuyas son de éstas.

-¡Sí! Soy un tonto... ¿por qué siempre me meto en líos? –reconoció Pinocho llorando. Pero no podía mover la cabeza para ningún lado porque la nariz le chocaba con todo.

-¿Qué haré ahora? –preguntó en el colmo de la desventura.

-¿Estás seguro que no querrás ya decir mentiras?

-¡Sí!

-¿Y que no te dejarás convencer por los falsos amigos?

-¡Sí!

-Entonces, que tu nariz vuelva a ser como antes. Haz siempre lo que debes, Pinocho. Si lo logras, no sólo vivirás más contento, llegarás a ser un niño de verdad –dijo la dama, que en realidad era el Hada Azul.

Al instante la larga nariz desapareció. También desaparecieron el Hada, los muebles y la casa.

Pinocho volvió a encontrarse solo, en medio de la calle, pero esta vez mucho más contento y resuelto a portarse bien.

 

*  *  *

 

 

Pinocho va a la isla de las diversiones

 

 

Pinocho reemprendió el camino de regreso a su casa, con los bolsillos vacíos pero el alma llena de buenas intenciones.

A poco de andar se encontró con una viejecita, que no era otra que la Zorra disfrazada.

-¡Qué muñeco tan simpático! ¿Adónde vas?

-Voy a la casa de mi papá, y no pienso distraerme con nada.

-¡Oh! ¡Qué amargado! La juventud es alegría, es diversión... Mira, mira ese chico, ése que está sentado al costado del camino, ¿sabes qué hace?. Pues espera un micro que lo llevará a la Isla de las Diversiones.

-¡No la escuches ni le hables! –le dijo el Grillo. Pero ya era tarde. Pudo más la curiosidad del muñeco.

-¿Qué lugar es ése? –preguntó interesado.

-¡Oh! Es el lugar más magnífico que existe y puede existir. Te pasas todo el día mirando televisión, y si tienes ganas, vas gratis a los juegos... además no se come otra cosa que golosinas.

Esto ya era demasiado para el débil Pinocho.

-¿Es muy caro ir? –preguntó.

-No, para nada. Además te puedo recomendar con mi sobrino, que es quien conduce el micro. Él te llevará gratis.

-¿De veras? -preguntó Pinocho abriendo enormes los ojos y paladeando por anticipado las golosinas.

En pocos minutos estuvo todo arreglado.

Hizo el viaje en un micro repleto de chicos que gritaban y se molestaban creyendo divertirse. Luego, el barco. Nunca había visto el mar. ¡Qué magnífico! ¡Qué inmenso! El movimiento lo mareó bastante, pero, ¿no valía la pena un pequeño sacrificio por ir a un lugar como la Isla de las Diversiones?.

En efecto, al principio todo parecía fabuloso: no hacía más que dormir, mirar televisión, jugar y comer caramelos.

Pero pronto algunas cosas vinieron a inquietarlo.

Por un lado, ésos, los sirvientes mudos que atendían la ciudad, y los burros que transportaban las cargas, tenían todos una expresión en sus ojos, que no se los podía mirar sin ponerse triste, muy triste.

Por otro lado, comenzaron ciertas señales en su propio cuerpo: se le alargaron las orejas y le apareció un rabito... ¡Se estaba convirtiendo en burro!.

Juan Grillo, que había estado investigando, regresó con noticias. Entonces Pinocho comprendió todo. La televisión y las muchas diversiones atontaban a los chicos. Los que nunca habían aprendido a leer ni a escribir, se convertían directamente en burros. Los otros,que alguna vez habían ido a la escuela, quedaban como sirvientes mudos. Unos pocos atendían la Isla. El resto, que era la mayoría, era conducido al Estado Servil, un país donde todos eran esclavos.

-¡Dios mío! ¡Ayúdame! –imploró Pinocho al ver el triste destino que le aguardaba.

En un acto de arrojo se atrevió a lo que nadie se animaba. Se fue, sin que nadie lo advirtiera, hacia la costa. Era un acantilado, una pared de roca altísima contra la que las olas se estrellaban con furia. Nadie podía salir vivo arrojándose desde allí. Tampoco había otra forma de escapar.

-Total, soy de madera, -pensó- y además, prefiero morir a vivir como un esclavo –por suerte el pobre Pinocho no había visto suficiente televisión aún, de lo contrario no hubiera podido reaccionar como lo hizo.

Sin pensarlo más, se arrojó al vacío. El impacto fue tremendo, pero al ser de madera, flotó. Estuvo largas horas en el mar, a la deriva, creyendo a cada momento que iba a morir. Finalmente, su cansancio y el vaivén de las olas lo hicieron dormir.

Cuando despertó estaba en la playa. El mar todo lo devuelve a la playa.

¿Dónde encontrar su casa? ¿A quién preguntar por su papá? ¿Cómo estaría él? ¡Tanto tiempo sin verlo!

Estaba sumido en estos pensamientos, cuando el corazón le dio un vuelco.

Una bella joven de cabellos azules paseaba por la playa. Ella pareció no advertirlo. Pinocho, tambaleándose aún, la alcanzó.

-¡Hola, Señorita! –le dijo esperando alguna señal de afecto.

-Pobrecito, -respondió la joven sin aparentar conocerlo- ¿qué te ha ocurrido?

Pinocho narró su triste aventura sin tratar de disculparse.

El Hada, que no era otra que la joven, le sonrió.

-Veo que vas aprendiendo, aunque a los golpes, ¿quieres saber dónde está tu padre, no es cierto?

-Sí, sí, te lo suplico, buena Hada, por favor –dijo Pinocho ya seguro de quién le hablaba, después de contemplar su encantadora sonrisa.

-Él se preocupó mucho después de tu partida. Te buscó por todas partes durante largo tiempo. Después alguien le contó que te habían visto subir al micro que va a la Isla de las Diversiones. Él, que ya había vendido su abrigo para comprarte libros, vendió entonces su cama para comprar un bote a fin de rescatarte.

-¿Y ahora dónde está? –interrumpió Pinocho impaciente.

-Él y su pequeño barquito fueron tragados por la ballena.

-¡Papá! ... ¡papito! -sollozó Pinocho- ¿Y si fuera a salvarlo? ¿Podré?... ¡Sí! ¡claro que podré!...¡Oh! Me olvidaba de las orejas y la colita... ¡qué triste se va a poner cuando me vea así!

-Ya no los tienes, Pinocho,-le respondió el Hada- te desaparecieron cuando reaccionaste valientemente y te arrojaste al mar.

Pinocho dio un suspiro de alivio.

Ahora le restaba rescatar a su buen padre.

 

*  *  *

 

Pinocho se convierte en niño

 

 

¡Por cuántas aventuras había pasado! ¡Qué momentos de angustia! Ahora Pinocho sólo ansiaba rescatar cuanto antes al bueno de Geppetto, que estaba, con barco y todo, en el interior de una ballena.

Una vez más se adentró resueltamente en el mar.

Nadó y nadó en distintas direcciones. La ballena no aparecía. Ya empezaban a faltarle las fuerzas cuando advirtió una pequeña isla. “Gracias a Dios”, pensó, “aquí podré recuperarme y pasar la noche. Mañana, cuando salga el sol, reanudaré la búsqueda”.

Alcanzó, pues, el islote y se estiró, dispuesto a descansar. Cuando estaba por quedarse dormido, sintió unos extraños temblores.

-¿Qué es esto? ¡La tierra se mueve! –se dijo.

No sólo se movía. Se fue levantando, y de un orificio que estaba no lejos de él, salió un chorro de agua con una fuerza increíble. ¡Era una ballena!

Con tanto movimiento, resbaló del lomo al agua. ¿Cómo se las arreglaría para entrar? No terminó de hacerse esta pregunta, cuando el monstruoso animal abrió la boca gigantesca y lo tragó como si hubiera sido una pildorita.

¡Qué oscuro estaba el interior! ¡Qué extraño ruido hacía el enorme corazón del animal!

Avanzando a tientas, un poco nadando y otro poco caminado, fue internándose cada vez más dentro de la ballena. En eso, tocó algo que se movía.

-¿Quién eres? –preguntó Pinocho.

-Soy la Sardina –respondió un hermoso pez.

-¿Y qué haces aquí?

-Supongo que lo mismo que tú. Espero ser digerida por la ballena.

-Te equivocas -le aclaró Pinocho- yo no me dejaré digerir, porque he venido a salvar a mi papito.

-Oh, me alegro mucho, te ayudaré a buscarlo.

El pez se internó, y al ratito...

-¡Sch...sch! ...está allá - le dijo bajito, pues temía despertar a la ballena -allá adentro, donde hay una lucecita.

-Gracias, Sardina, ¡allá vamos!

No supo Pinocho si nadaba, corría o volaba.

-¡Papá! ¡Mi papá! ¡Mi querido papito! ¡Perdón! ¡Perdóname por todo, por ser tan malo, tan ingrato, tan desobediente, tan tonto...! ¡Oh, papá!, ¿con qué voy a pagarte todo lo que hiciste? ¿cómo voy a reparar tus penas? –las palabras le salían a borbotones, mientras abrazaba las piernas del anciano que no salía de su asombro. Cuando pudo reaccionar, Geppetto, con lágrimas en sus ojos, le dijo mientras lo levantaba y abrazaba:

-Te perdono, hijito. Mi recompensa por todo lo que sufrí es tenerte ahora conmigo, junto a mi corazón.

Mientras decía esto lo cubría de besos.

-Pero, ¿cómo llegaste hasta aquí, mi Pinochito? ¿y cómo haremos para salir?

-Ya te contaré todo, papito, cuando hayamos salido, que para eso vine.

-Mira que hace varios meses que estoy aquí dentro, y aún no encontré la forma de salir. Cada vez que este monstruo abre la boca para comer, el torrente entra con tanta fuerza que se hace imposible salir.

-¡Varios meses! ¡Pobre papá! ¡Y por mi culpa!... ¿Sabes qué me dijeron? Que cuando hay luna llena la ballena duerme más profundamente, y a veces hasta entreabre la boca... entonces, si tenemos suerte... ésta es nuestra noche.

-¡Intentemos! –dijo Geppetto, ya más animado.

Lentamente, con gran sigilo, se dirigieron hacia la boca. La Sardina servía de guía. La ballena dormía plácidamente. Tal como lo habían previsto, sus fauces estaban apenas abiertas. Se veía la pálida claridad de la luna platear las crestas de las olitas.

Después de pasar la barrera de los dientes, en profundo silencio y más muertos que vivos, se encontraron en mar abierto. La bonita Sardina estaba con ellos. Cuando Pinocho pudo verla, al fin, a la luz de la luna, observó que tenía un familiar y hermosísimo color azul. La sardinita le guiñó un ojo y desapareció en la profundidad del mar.

Aunque había calma, les costó seguir nadando. Finalmente, agotados y jadeantes, ayudándose el uno al otro, casi al borde del desmayo, llegaron a la playa.

En ese instante el sol salía en el horizonte.

Se miraron. Pinocho vio en su padre las señales del cansancio, del dolor padecido y de la bondad. Geppetto vio en Pinocho... ¡a un niño! ¡a un hermoso niño de verdad!

¡Cómo se abrazaron! ¡Con qué alegría y emoción se besaron el uno al otro!

Mientras una estrellita azul titilaba en el cielo del amanecer, Juan Grillo, sacudiendo sus ropitas mojadas, silbando bajito, se alejaba por la playa.

 

*  *  *

 

El zapatero y los duendes

 

Cuento de los hermanos Grimm

 

 

Había una vez un zapatero que, sin ninguna culpa por su parte, llegó a ser tan pobre, tan pobre, que, al fin, no le quedó más que el trozo de cuero indispensable para hacer un par de zapatos. Los cortó una noche, pensando coserlos a la mañana siguiente, y, como tenía limpia la conciencia, se acostó encomendándose a Dios y se quedó dormido.

Al otro día, después de rezar sus oraciones matinales, fue a buscar el trabajo que había preparado la víspera y encontró hecho el par de zapatos. El pobre hombre no podía creer lo que veían sus ojos. Examinando detenidamente los zapatos, se dio cuenta de que cada puntada ocupaba el lugar ì¥Á I

 

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Una noche -faltaban pocas para la Navidad -, cuando el zapatero se iba a descansar, una vez concluido el trabajo, dijo a su mujer:

-¿Qué te parece si no nos acostásemos esta noche? ¿Y si procurásemos ver quién nos prodiga tantos favores? ¡Ojalá pudiéramos pagárselos algún día!

La mujer convino en ello y encendió una bujía. Hecho esto, los dos se ocultaron detrás de una cortina, dispuestos a vigilar. Al sonar la medianoche, vieron entrar en la zapatería a dos hombrecillos desnudos, que se sentaron delante de la mesa del zapatero y tomaron el trabajo que estaba allí preparado. Luego, comenzaron a coser, agujerear y clavetear, moviendo sus deditos tan hábil y velozmente, que el zapatero, maravillado, apenas podía seguirlos con la vista. Hasta que concluyeron la tarea y la colocaron sobre la mesa, los hombrecillos no pararon ni un momento. Después se levantaron de un salto y salieron corriendo a la calle.

Al día siguiente, por la mañana, la mujer del zapatero dijo a su marido:

-Esos hombrecillos nos han hecho ricos y debemos demostrarles que somos gente agradecida. Como andan desnuditos por el mundo, deben tener mucho frío. Mira, voy a hacerles camisas, chaquetas, chalecos y pantalones, así como un par de calcetines y un par de guantes de punto para cada uno. Tú, naturalmente, te encargarás de hacerles los zapatos.

El zapatero accedió con gusto a la proposición de su mujer. Enseguida los dos, muy ilusionados, pusieron manos a la obra, y no abandonaron su trabajo hasta que lo tuvieron terminado del todo, al anochecer. Entonces se fueron a cenar, y cuando llegó la hora de acostarse dejaron los regalos sobre la mesa, en lugar de los zapatos cortados de cada día, y se colocaron de modo que pudieran observar lo que hacían los duendecillos. Al sonar las doce, entraron éstos dispuestos a ponerse a trabajar, pero, al ver las prendas de ropa, se quedaron paralizados de sorpresa. Pero enseguida se recuperaron: cogieron camisas, chaquetas y pantalones y se los pusieron, mientras cantaban alegremente:

¡ Oh, oh! ¡Qué trajes tan elegantes!

¡Hasta llevamos zapatos y guantes!

Danzaron y cantaron dando vueltas por la zapatería y, por fin, sin dejar de danzar, salieron a la calle.

El zapatero no volvió a verlos jamás, pero pudo vivir feliz el resto de sus días.

 

*  *  *

 

Lo más hermoso

 

 Cuento de Odilia Jacobs

 

 

I

 

-¡Tip...! ¡Tip...! ¡Tip...!

Hacía el geniecillo, saltando en las hojas de los eucaliptos.

-¡Tip...! ¡Tip...! ¡Tip...!

Hacía colgándose de las gotas de lluvia.

-¡Tip...! ¡Tip...! ¡Tip...!

Hacía saltando de una flor a otra, de las margaritas a las caléndulas, de las violetas a los conejitos. Por eso le llamaban Tip. Dormía en las hojas de un rosal, que el viento mecía. Y lo hacía cuando tenía sueño, porque Tip no usaba reloj. Además... ¡era tan lindo hacer escaleritas con los rayos de luna, para treparse a cazar estrellas! Y eso puede hacerse tan sólo por la noche. También le gustaba subir por los hilos del sol y sentarse en las altas montañas, o dejarse llevar arrastrado por una nube hasta el país de los truenos... ¡Qué feliz era Tip!

-¡Tip...! ¡Tip...! ¡Tip...!

Saltando el geniecillo en su nido de hojas, se acomodó para dormir.

Era una mañana fresquita de otoño.

-¡Tap...! ¡Tap...! ¡Tap...!

El pequeño Tip asomó su cabecita.

-¿Será ella? –se dijo.

Sí. Era Elenita, la rubia chiquilla de la casa, que salía para la escuela. Tip vio en la ventana, que estaba cerquita del rosal, el rostro sonriente de la mamá, que despedía a su nena.

De pronto Tip sintió curiosidad. Miró por el cristal de la ventana. La señora iba y venía, arreglaba una cosa larga que debía ser la ropa de dormir de Elenita, guardaba cosas, limpiaba otras, pasaba por el suelo un palo largo con pelos amarillos...

Más tarde se oyó otra vez:

-¡Tap...! ¡Tap...! ¡Tap...!

Elenita volvía. Con su bonito delantal blanco y sus trenzas doradas.

Tip se colgó de la cartera y entró con ella en la casa.

-¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! –le llamó un señor gordo, que miraba con un gran ojo redondo.

Tip saltó hasta allí. Pero el señor gordo no tenía más que contarle. Sólo decía:

-¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

En cambio, Elenita y su mamá ¡cómo charlaban alegres luego de saludarse con un beso! ¡Y cuánto aumentó la alegría cuando llegó papá y todos se sentaron a la mesa!

Muchas veces más, Tip entró con Elenita y gozó de los encantos de aquel hogar.

 

II

 

Cierta mañana, casi al mediodía, despertó Tip en su nido de hojas.

 -¡Tap...! ¡Tap...! ¡Tap...!

Los pasos de Elenita sonaban desiguales.

-Parece que tiene fiebre –murmuró la madre al verla.

Y así era, en efecto. Poco después, Elenita se hallaba en la cama, bien abrigada. Papá se afligió mucho. Tip, sentado en la almohada, sintió que la frente de la niña quemaba como el sol en los días de verano.

Pronto vio el geniecillo cómo todo trabajo aumentaba en casa para la buena mamá. Y notándola cansada y preocupada, resolvió ayudarla de algún modo.

Mientras la nena dormía, corrió donde estaba la ropa jabonada: salto, se zambulló, resbaló en la tabla, subió gateando y fregó, fregó, hasta que la ropa quedó tan limpia como nueva. Luego se acomodó junto a los platos sucios. Mamá estaba lavando. Tip, colgado del trapo, hizo tan fuertes ejercicios que todo se acabó rápidamente. Entonces le tocó el turno a la escoba. Empujó los pelos amarillos, de modo que a mamá le parecía más liviano el trabajo. Y así siguió. De una y mil maneras trató de ser útil.

Cuando Elenita estuvo algo mejor, Tip le susurraba hermosas historias. Por eso un día, mientras mamá barría el piso, Elenita dijo:

-¿Sabes, mamá, que tengo sueños muy bonitos? Es un geniecillo que...

Mamá cesó de barrer.

-¡Mamá! ¡La escoba barre sola...!

-No puede ser.

-¡Sí, sí, sí! ¡Mirá!

Tip, distraído, continuaba barriendo enérgicamente...

Mamá se frotaba los ojos por si fuera sueño. Pero la niña suspiró sonriente:

-¡Es el geniecillo!... Ya me parecía...

Tip sobresaltóse. Lo estaban mirando. Desapareció instantáneamente. La madre aún dudaba. Pero quisieron probar. Y en un plato colocaron dulce como jugo de flores. Si Tip estaba escuchando y lo comía, demostraba su existencia. Y así fue.

 

 

 

III

 

Día tras día, tomaba Tip el rico dulce del plato. Mas de pronto, se puso triste, y volvió a su nidito de hojas. Por primera vez en su vida, lloró.

El sol, la luna, las nubes querían consolarlo. Pero él no los veía. Nada veía, sino la pena de no pertencer realmente a ese hogar donde tanto había ayudado. Y se sintió solo, solo...

No supo cómo fue. Pero en cierto momento oyó que alguien le hablaba:

-Has sido un buen geniecillo, Tip. Puedo concederte lo que más desees.

-¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, Gran Genio! Yo deseo lo más hermoso del mundo, y tú no me lo darás.

-¿Por qué no? –preguntó seriamente el Gran Genio.

-Porque... porque no es la costumbre.

El Gran Genio, pese a toda su sabiduría, quedó extrañado.

-Puedo darte la gran perla que hicieron mil ostras en el fondo del océano. O el cofre maravilloso donde se encierran todos los conocimientos.

Nada de eso interesaba a Tip.

-Gran Genio, lo que me ofreces apenas si vale algo comparado con lo que te pido. Lo más hermoso del mundo. Viviendo en la casa de Elenita, participando de sus trabajos y alegrías, viendo el cariño del padre y la madre, me sentí casi un niño. Y desearía serlo de verdad, porque, ¡oh Gran Genio!, lo más hermoso del mundo es tener una mamá y un hogar.

El Gran Genio suspiró hondamente. Cubrió con su mano la hoja y desapareció.

 

IV

 

El geniecillo Tip dormía. Dormía, bajo el viento, el sol y la luna. Nada le pudo hacer despertar, hasta que un día abrió sus ojitos azules.

No entendía bien lo que pasaba a su alrededor. La hoja ya no estaba, y en su lugar, una cuna de verdad, toda blanca, guardaba su sueño.

Quiso hablar, más solo pudo llorar. Entonces alguien lo alzó, lo paseó y le cambió la ropa. Besándolo cariñosamente, lo volvió a su cuna.

-¿Qué le pasa al nene, mamá?

Era la voz de Elenita.

-Nada, querida, nada. Los bebés siempre lloran por algo. Como no saben hablar...

Tip sonrió porque había comprendido. Y trató de balbucir:

-M... a... m... á...

Su madre y su hermanita rieron y lo besaron. Entonces Tip, dichoso al fin, tornó a dormirse. Había conquistado lo más hermoso del mundo.

*  *  *

HISTORIAS DE LA BIBLIA

 

Adaptadas por Elena Ianantuoni

(en capítulos para ser leidos por el docente)

 

La Creación

 

 

Hace mucho, mucho, muchísimo tiempo, tanto que ni puede contarse, ocurrió esta historia de verdad.

Pasó cuando no había nada: ni chicos, ni mamás, ni plantas, ni bichitos, ni nada.

¿Se imaginan? No había agua para tomar, ni sol que alumbrara, ni luna en el cielo, ni tierra donde poner los pies.

Si hubiéramos podido asomarnos, ¿qué hubiéramos visto? Nada. ¿Qué hubiéramos escuchado? Nada ¿Qué hubiéramos sentido? Nada, nada, nada.

Sólo estaba Dios: el ser más perfecto, más grande, más bueno y más feliz que pueda existir. No necesitaba nada, pero quería compartir con otros su dicha.

¡Cuántas cosas pensaba!

Pensaba en todos nosotros, en cada uno, en tí y en mí, en las cosas hermosas que nos daría, en cuánto nos iba a amar.

Pero... ¿dónde íbamos a estar?, ¿qué beberíamos?, ¿con qué nos alimentaríamos?, ¿de qué nos haríamos abrigo?

Entonces creó los cielos y la tierra.

Con su sola palabra: “¡Hágase!” , aparecieron una tras otra todas las cosas que existen: la luz, el firmamento, la tierra, los mares, las plantas, el sol, la luna, las estrellas, los peces, los pájaros y finalmente los animales terrestres.

¡Estaba todo bien! ¡Qué contento había en Dios!

Esa casa tan linda y adornada estaba lista, esperando a su dueño.

Entonces creó al hombre.

Los hizo varón y mujer.

Los hizo con amor.

Adán y Eva los llamó.

 

*  *  *

 

El pecado original

 

 

¡Qué felices eran Adán y Eva cuando los creó Dios!

Toda la tierra era para ellos.

El Señor les había preparado un lugar muy especial para vivir. Era un hermoso jardín, lleno de árboles de todas clases. ¡Qué flores! Las más hermosas que jamás se haya visto alegraban los ojos. Todos los animales eran mansos y buenos con ellos. Tenían una enorme cantidad de riquísimos frutos para comer. Cuatro ríos de aguas frescas y puras regaban aquella tierra.

Adán y Eva no necesitaban estudiar: conocían las cosas sólo con verlas. Tampoco podían enfermarse, ni lastimarse, ni morir. Lo que más alegría les daba era ser muy amigos de Dios.

-¡Te adoro, Dios mío! -decía Adán cada día- ¡Qué grandes son tus obras! ¡Qué maravillas haces en el mundo! Te adoro en el agua y en la estrella, en cada hierba, en cada insecto, en cada cosa salida de tus manos.

-¡Te doy gracias, Señor mío -decía Eva- por habernos creado, por todo lo que nos das, por tu amor.

Pero un día ...

Eva paseaba por el jardín.

La serpiente, entre curiosa y burlona, se dirigió a ella:

-¿Así que Dios no les permite comer de ningún árbol del jardín?

-El Señor nos ha dado todos los árboles para comer de sus frutos. Sólo nos ha prohibido comer del que está en medio del jardín.

-¿Y no te parece un poco extraño?

-Sólo sé que si comemos de él moriremos.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Tonta! No es cierto: no morirán, sino que serán como Dios, conocedores del bien y del mal.

Dudó Eva. Miró el árbol. Se acercó.

¡Qué lindos se veían sus frutos! Coloridos, brillantes, aromáticos, parecían decir: “Aquí estoy. Tómame.”

Tendió la mano. La retiró.

¿Podía ser que el Señor les mintiera?

¿Podía ella, después de todo lo que había recibido, traicionarlo?

¿Lo desobedecería en lo único que les había prohibido?

Pero... ¿y si la serpiente tenía razón?

Estiró nuevamente la mano. Arrancó un fruto y lo probó. Le dio también a Adán que se había acercado.

-¡Qué hemos hecho! -gritaron ambos con horror al comprobar que la serpiente los había engañado.

Desesperados y llenos de vergüenza, se escondieron.

El Señor, que todo lo ve, como un buen padre llamaba a Adán.

-¿Dónde estás?

-Oí tu paso por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, por eso me escondí.

-¿Quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Has comido acaso del árbol prohibido?

-La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí.

-¿Qué es lo que has hecho? -preguntó Dios a Eva.

-La serpiente me engañó y comí.

¿De que valían ahora las disculpas, las explicaciones? Ya habían desobedecido al que por amor los había creado y derramaba sobre ellos toda clase de regalos.

Dios castigó a la serpiente. También a Adán y a Eva. Ya no vivirían en el jardín. Todo les sería doloroso y difícil. Sufrirían. Morirían.

Todo había cambiado.

Aunque Dios los seguía amando, ya no eran sus amigos de confianza.

Fue el momento más terrible de la historia.

La tierra se estremeció.

Temblaron Adán y Eva ante el castigo divino.

El Señor, entretanto, en su corazón de padre ya estaba pensando en salvarlos...

 

*  *  *

 

El arca de Noé

 

 

Hoy les voy a contar una hermosa historia que tiene una parte triste, como casi todas las historias de verdad.

Fue hace muchísimo tiempo.

Adán y Eva habían tenido hijos, sus hijos otros hijos, y así se había ido poblando la tierra. Ya eran muchos los hombres. Pero lo triste, lo muy triste, es que eran malos, tan malos que ni se daban cuenta de lo malos que eran. Y entonces no podían arrepentirse.

Se habían olvidado de Dios. Vivían como si El no existiera. Tampoco se respetaban a sí mismos ni a los demás. Eran egoístas y peleadores. Mentían. Robaban. Se hacían daño. Para aliviar su tristeza, en lugar de buscar a Dios, trataban de divertirse. Pero seguían tristes. La vida era insoportable.

Dios miraba permanentemente la tierra, con sus ojos fijos en los corazones de los hombres.

Cada día los malos eran más, y se hacían peores. ¿No había en algún lugar un hombre bueno?

Sí lo había. Se llamaba Noé

Dios le habló así:

-Los hombres están llenos de maldad. He esperado mucho que se arrepintieran, pero ni piensan en ello. Por eso he decidido exterminarlos. Tú harás un arca muy grande: tienen que entrar no sólo tus hijos con sus familias, sino también una pareja de cada clase de las aves del cielo y los animales de la tierra; además, alimento para todos. Los que queden fuera del arca morirán, porque haré llover hasta que la tierra se limpie.

Noé se puso a construir el arca. ¡Qué espacio tan grande necesitó! ¡Cuánta madera! ¡Cuántos años de duro trabajo! Sus tres hijos lo ayudaban.

Los viajeros que pasaban y sus mismos vecinos se burlaban de él. “¿Qué hace esa caja gigantesca sobre un monte? ¡Está loco!”, se decían unos a otros.

Un día, cuando el arca estuvo terminada, Dios volvió a hablar con Noé. Muy pronto comenzaría el castigo. Había llegado el momento de entrar al arca.

Empezó un extraño desfile que duró varios días. En orden, cada uno con su pareja fueron pasando el tigre, el león, el caballo, la tortuga, la paloma, la vaca, la cigüeña, el perro, el gato, la oveja, el lobo, el colibrí, el cerdo, la mosca, la jirafa, el mosquito, y muchísimos más.

Los curiosos se arremolinaban para verlos. Más y más se burlaban de Noé.

Cuando todos estuvieron dentro, y el arca bien cerrada, comenzó a llover. Al principio pareció una lluvia cualquiera. Pero llovió, llovió, y siguió lloviendo. Sin pausa, sin descanso, sin respiro. Parecía que el cielo quería llorar por todo lo que no habían llorado los hombres.

Las aguas crecieron y levantaron el arca, que comenzó a flotar. Ya no se veían ni casas, ni árboles, ni montes. Todo era agua en el cielo y sobre la tierra. Una inmensidad de agua para lavar tanta maldad. Así durante cuarenta días.

Cuando dejó de llover, pasaron muchos días más hasta que empezaron a bajar las aguas. Poco a poco fueron apareciendo las cimas de los montes y las copas de los árboles.

El arca volvió a apoyarse en tierra firme. Tuvieron que esperar aún un tiempo más a que se secara para poder bajar.

Ahora debían repoblar la tierra.

Noé dio gracias al Señor por su protección y su amor.

Dios lo bendijo y le prometió no enviar otro diluvio.

-Pondré mi arco en las nubes que servirá de señal del pacto que hago con los hombres.

Desde entonces, cada vez que el cielo se ilumina con los colores del arco iris, recordamos aquel antiguo pacto celebrado con su fiel siervo Noé.

 

*  *  *

 

La torre de Babel

 

 

Vamos a soñar que hacemos un viaje.

Cerramos los ojos y cada uno se sube a un avión. ¡Qué alto volamos! Estamos entre las nubes. Ya no se ve gente, ni casas... hemos ido muy lejos. Prepararse, que pronto llegaremos a nuestros destinos. Descendemos. Cada uno ha llegado a un país diferente, a otra tierra... Escuchen.

Escuchen cómo hablan las personas. ¿Saben por qué a algunas las entendemos y a otras no? Pues porque hablan distintos idiomas: castellano, italiano, ruso, francés, portugués, árabe, chino, y tantos otros.

¡Cuántos problemas nos trae no entendernos! ¡Qué lindo sería que todos los hombres hablaran en el mismo idioma!

Eso que hoy parece imposible, en un tiempo fue realidad. Y si se apuran a regresar les contaré cómo se perdió aquella lengua común.

Los primeros hombres, los descendientes de Adán y Eva, se entendían sin dificultades. Aún después del diluvio, los descendientes de Noé tenían el mismo idioma. A ellos, Dios los había mandado a repoblar la tierra.

Desgraciadamente, los descendientes de los hijos de Noé eran rebeldes y orgullosos. ¿Saben qué significa esto? Que eran duros para obedecer; que querían hacer sólo lo que a ellos se les ocurría, o lo que les venía en gana, en lugar de lo que está bien.

“¡Yo hago lo que se me antoja!”, “A mí nadie me va a imponer nada”, decían unos y otros. Por supuesto, las peleas entre ellos eran constantes.

Sin embargo, en algo se pusieron de acueì¥Á I

 

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Les envió en cambio otro castigo que aún hoy es una gran lección.

Confundió sus lenguas.

Babel significa justamente “confusión”. Ya no podían entenderse los unos con los otros sino a costa de grandes dificultades.

No sólo debieron abandonar la construcción de la gran torre, tuvieron que dispersarse por toda la tierra.

Así nacieron, en su origen primero, las diversas lenguas.

A lo largo del tiempo se multiplicaron y diferenciaron más y más.

 

*  *  *

 

Moisés salvado de las aguas

 

 

Esta historia ocurrió hace muchísimo tiempo, en un país muy lejano llamado Egipto.

Allí se había quedado a vivir todo un pueblo: el pueblo de Israel.

Cuando el rey de Egipto vio que los israelitas eran muchos, tuvo temor y decidió perseguirlos.

No sólo los puso en los trabajos más terribles y agobiantes. No. No se conformó con eso.

¿Saben qué decidió? Que a todos los varoncitos que nacieran se les debía dar muerte.

¡Qué angustia la de las mamás que esperaban un bebé! ¡Cómo pedirían a Dios los salvara de un destino tan cruel!

¿Y qué hizo la mamá del nene de nuestra historia? Ni bien nació, lo escondió.

Pero no era posible esconder a un niñito mucho tiempo. Alguien podría escucharlo. Alguien lo vería... Entonces tomó una determinación. Ya que en su casa corría tanto peligro, lo pondría en las manos de Dios.

Consiguió una canastita. La preparó para que pudiera flotar.

Con todo su amor y con todo su dolor puso allí a su bebé. Depositó la canasta en el río, para que las aguas la llevaran.

A su hija María le encargó que vigilara atentamente la marcha de la canastita con la querida carga.

-¡Mi bebé! ¡Bebé querido! ¡Hijito mío! Yo no puedo protegerte más. Lo hará el Señor. En El pongo toda mi confianza. ¡Te quiero mucho! ¡Adiós!

Las lágrimas no le permitieron ver más.

La canastita avanzaba, como un barquito de juguete, llevada por la corriente.

María no la perdía de vista. En un momento se detuvo sobresaltada.

“¿Qué son esas voces? –se preguntó– Sí, muchachas jóvenes que charlan y ríen. ¡Qué hermosas todas! Y aquélla, con tantas joyas, parece una princesa...” Justamente es ella quien repara en la diminuta embarcación.

-¡Eh, chicas! Miren qué raro... eso que viene flotando... A ver... ¡Uy! Es un nene, un bebé... ¡qué lindo es! ¡Oh, -dijo abrazándolo- eres un regalo del cielo! Me quedaré contigo, te cuidaré, vivirás en el palacio de mi padre.

Todas la rodearon y festejaron al niñito que las miraba con asombro.

-Tenemos que ponerle un nombre –dijo una.

-Será “Moisés”, porque fue salvado de las aguas –respondió la princesa.

-... Y buscar quién lo amamante –dijo otra.

-Yo conozco a una mujer que puede criarlo –intervino María, pensando en su madre.

-Tráela al palacio –ordenó la princesa.

Cuando la mamá de Moisés fue a buscar a su propio hijo para atenderlo durante un tiempo como nodriza, el corazón le latía muy fuerte.

-Críame este niño y te recompensaré –dijo la princesa.

La mujer regresó a su casa.

Dios no sólo le devolvía a su hijo. Preparaba un príncipe para su pueblo.

 

*  *  *

 

David vence a Goliat

 

 

Los dos ejércitos habían acampado frente a frente, dispuestos al combate.

A un lado del valle estaba el ejército de Israel, el pueblo de Dios, cuyo rey era Saúl.

Al otro lado estaba el ejército de los filisteos. De entre ellos salió un gigante llamado Goliat, descomunal por su fuerza y altura.

Goliat se burló de los israelitas y terminó diciéndoles:

-¿Por qué pelear dos ejércitos? Que venga uno de ustedes a luchar conmigo. Si me vence, seremos sus siervos; pero si yo lo mato ustedes serán nuestros esclavos.

¿Quién se atrevería a luchar con el gigante? Todos quedaron llenos de temor y de vergüenza.

Así pasaron varias semanas terribles para el pueblo y el ejército de Israel. Hasta que un día... un jovencito se presentó al rey ofreciéndose a luchar contra el gigante.

Era David, el menor de ocho hermanos, pastor de los rebaños de su padre. Vivía habitualmente en Belén, la aldea donde había nacido. Como tocaba muy bien la cítara y tenía una voz muy dulce, lo habían llevado hasta el rey para alegrarlo un poco con su música. Por este motivo vivía junto a Saúl por temporadas y se había ganado su aprecio.

Este joven pequeño y rubio era quien pretendía enfrentar a Goliat.

-Tú eres muy joven, -le dijo el rey- y te faltarán fuerzas para ir contra ese guerrero.

David respondió:

-Cuando cuidaba las ovejas de mi padre, si aparecía un león llevándose una, yo lo perseguía hasta rescatarla. Dios, que me libró de las garras del león, me salvará también de este enemigo que ha insultando a su ejército.

El rey, emocionado, le ofreció su armadura. Con sus propias manos le puso la coraza para proteger su pecho, y con su casco le cubrió la cabeza.

Una vez que David tuvo ceñida la espada, comenzó a andar, pero toda esa armadura le resultaba muy incómoda, pues no estaba acostumbrado a ella. Se la quitó, aumentando la sorpresa y el susto de los presentes.

Entonces se fue hasta el torrente y tomó cinco piedras lisas, que puso en su bolsa de pastor.

Con la honda en la mano se acercó al filisteo. En su corazón pensaba: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”. Este pensamiento le daba confianza y alegría.

Goliat, desde el otro campamento, también se acercaba poco a poco, advertido de tener al fin un oponente.

El temible aspecto del gigante aumentó con la furia que le produjo ver a David.

-¿Soy acaso un perro? -gritó viendo su aspecto de pastor. Luego lo maldijo y prometió matarlo.

David le respondió:

-Tú vienes con tus pesadas armas, pero yo voy en nombre de Dios, a quien has insultado.

El filisteo avanzó.

David sacó una piedra de la bolsa y la lanzó con la honda.

La piedra hirió en medio de la frente a Goliat, que cayó por tierra. David, sin dudar, corrió hasta el gigante y con su propia espada le cortó la cabeza.

Los filisteos, al ver el fin de su hombre fuerte, intentaron huir, pero entonces el ejército de Israel los persiguió y venció.

El pueblo entero celebró la victoria. El rey dio a David una de sus hijas por esposa, y más tarde el pastorcillo piadoso y valiente llegó a ser uno de los grandes reyes de Israel.

Dios le concedió el honor de que de su familia descendiera Jesús, el Salvador del mundo.

 

*  *  *

 

El compañero de viaje

 

 

Tobías vivía muy lejos de su patria.

Habían sido llevados cautivos, junto con todo su pueblo, él, Ana su mujer y su hijo, que también se llamaba Tobías.

Aún en esa triste situación se acordaba de Dios con todo su corazón y ayudaba en todo lo que podía a los demás.

Un día se quedó ciego. Tobías no se quejó contra Dios, sino al contrario: lo alababa permanentemente. Ana tenía que tejer para ganar el alimento. Los parientes y vecinos se burlaban de él, que siempre había sido tan bueno, por el trato que le daba Dios, permitiendo no sólo su pobreza, sino su enfermedad.

Tobías estaba más triste por lo que sucedía alrededor que por lo que le pasaba a él. Pidió al Señor, en una oración muy intensa, que se lo llevará.

Pensando que pronto iba a morir, comenzó a hacer los preparativos. Dio los consejos más sabios y más hermosos a su hijo. Como recordó que, mucho tiempo antes, siendo él rico, había prestado una suma importante de dinero a un tal Gabelo, le pidió a Tobías fuera a buscarla, para dar tranquilidad a su madre en sus últimos años .

Era un viaje largo y peligroso, y no convenía hacerlo solo. El padre le mandó buscarse un compañero. Salió Tobías y encontró a un apuesto joven, dispuesto ya para viajar y que conocía, no sólo el camino, sino incluso a la persona que debían buscar.

Tobías se asombró y fue a decírselo a su padre. Éste hizo entrar al joven a la casa, y después de conversar un rato con él, quedó tan agradado que despidió alegre y confiado al hijo tan querido.

También Tobías estaba contento con su buen compañero, y así, lleno de esperanzas, inició su viaje. Su perro lo seguía.

Al llegar junto al río hicieron su primera parada.

Cuando Tobías bajó al agua a refrescarse un poco, un enorme pez se le abalanzó como para devorarlo.

Tobías dio un grito. Su compañero le dijo: “Agárralo y tíralo hacia ti”. Lo hizo, y arrastrándolo, lo sacó a lo seco. “Ahora ábrelo por el medio, y guarda lo que te voy a mostrar pues con ello podrás hacer útiles remedios”, indicó el compañero.

Asaron una parte de la carne del pez y salaron la otra, pues así tendrían alimento para el camino.

Un poco más adelante, el compañero le señaló unas casas: “Allí vive un hombre llamado Ragüel, pariente tuyo, cuya única hija, Sara, será tu mujer”. Tobías estaba cada vez más asombrado. ¿De dónde conocía este joven tantas cosas?.

Entraron a la casa. Al conocer Ragüel el origen de Tobías se emocionó mucho, pues tenía gran cariño a su anciano padre. También accedió a darle a Sara, su hija, en matrimonio.

Con grandes fiestas se celebraron las bodas. Ragüel dio a Tobías la mitad de lo que poseía y lo nombró su heredero.

Entre tanto, el fiel compañero de viaje había ido a cobrar el dinero, para que no se demorara tanto el retorno.

Habían ya pasado más días que los previstos, y los padres de Tobías lloraban con angustia por la tardanza del hijo.

Por fin se dispuso la caravana del nuevo matrimonio, con siervas y siervos, camellos, vacas, ovejas y gran cantidad de dinero.

Cuando estaban por llegar a la casa paterna, el misterioso joven dijo a Tobías: “¿Recuerdas la parte del pez que te hice guardar? Frota con ella los ojos de tu padre, y volverá a ver la luz del cielo.” Efectivamente, así sucedió, y no salían de su asombro y daba gracias a Dios.

-¿Con qué recompensaremos a este santo varón?, -le dijo el hijo al padre,- porque me ha llevado y traído sano y salvo, me proporcionó una buena esposa, te ha devuelto la vista y tenemos por él toda clase de bienes. Te pido, -continuó- le preguntes si acepta tomar la mitad de todo lo que hemos traído.

Lo llamaron, y padre e hijo le rogaron aceptara su ofrecimiento.

Entonces el joven se dio a conocer.

-Cuando tú orabas y hacías bien al prójimo, yo presentaba tus súplicas al Señor. Él permitió tu prueba y me envió a sanarte y a bendecir tu casa. Porque yo soy el ángel Rafael, uno de los siete que asistimos delante del Señor.

Ambos Tobías, temblando, se inclinaron hasta poner sus rostros sobre la tierra.

El ángel les dijo: -La paz sea con vosotros. No temáis. Bendecid a Dios y contad sus maravillas.

Y con estas palabras desapareció de su vista.

 

*  *  *

 

La anunciación a María

 

 

La virgen María era hija de Joaquín y Ana.

Vivía en Nazaret, un pueblito casi perdido entre verdes colinas. Estaba comprometida en matrimonio con José. Ambos descendían del glorioso rey David, y aunque de familia real, eran pobres y vivían con sencillez.

Como María amaba tanto a Dios, toda su vida era una conversación con Él. Todo lo que hacía: comer, beber, ordenar la casa y hasta dormir, lo ofrecía para gloria del Señor. Todos sus pensamientos eran para Él, así como los afectos de su tierno corazón.

Un día, mientras Ella oraba en la soledad de su cuarto, un ángel se le apareció.

Era Gabriel, el “mensajero de Dios”.

La saludó así:

-Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.

¡Qué hermosas palabras! Nadie jamás había dicho a un ser humano algo tan grande.

María, que era muy inteligente y muy humilde, pensó: “¿Cómo? ¿A mí, a mí me dice esto? ¿Y nada menos que un ángel del Señor me trata con tanta reverencia?”. Pero el ángel le dijo:

-No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Tendrás un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo y el Señor le dará el trono de David y su reino no tendrá fin.

¡Entonces era verdad! Sí, Ella, justamente Ella, había sido elegida para ser la Madre del Salvador tan esperado.

Como aún no estaba casada, pregunto al ángel quién debía ser el padre  del niño.

El ángel le respondió:

-El mismo Dios será su Padre.

Olas de admiración, de amor, de adoración, inundaron el alma de María. No había palabras, ni exclamaciones, ni cantos que pudieran expresar la emoción y el gozo de la Virgen. Tal vez, sólo el silencio de unas lágrimas.

El ángel añadió aún:

-Tu prima Isabel, que ya es anciana, y nunca pudo tener hijos, pronto acunará al suyo, porque nada es imposible para Dios.

Sí, María lo sabía desde muy pequeña: nada es imposible para Dios, y Él nos ama y quiere salvarnos. Para salvarnos nos enviaba un Redentor. Ese Redentor era nada menos que el Hijo de Dios. ¡Y el ángel le solicitaba a Ella que fuera su Madre!

Gabriel aguardaba su respuesta. Ella le dijo:

-He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí lo que has dicho.

En ese instante ocurrió el hecho más grande de toda la historia del universo, más grande aún que la misma creación de los mundos y todos los seres que contienen: Dios se hizo hombre. Este Hecho es un misterio, un misterio de amor, y se lo llama: la Encarnación.

En ese instante la Virgen comenzó a ser la Madre de Dios.

Por el amor que nos tuvo como hermanos más pequeños de Jesús, también comenzó a ser la Madre de cada uno de nosotros.

 

*  *  *

 

Navidad

 

 

La Virgen María había aceptado ser la Madre del Redentor, y en pocos meses más nacería el niñito Jesús, el Hijo de Dios.

Era el suceso más extraordinario de toda la historia. Pero Dios no quería la publicidad de los hombres. Lo ocultó a los ojos de la mayoría y sólo lo conocieron unos pocos amigos suyos.

De entre esos amigos el más querido fue San José. Fue el “hombre de confianza” del Señor, el custodio de sus tesoros aquí en la tierra. Él estaba destinado a ser el esposo de la Virgen, para cuidar y proteger a la Madre y al Niño.

Un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

-No temas recibir a María. Ella tendrá un hijo que es Hijo de Dios. Le pondrás por nombre Jesús.

Desde entonces, la Virgen y San José vivieron en la misma casita, alternando los trabajos y la oración. Como eran pobres, nadie se fijó demasiado en ellos. Nadie sospechó su gran secreto.

Un día, el emperador de Roma, Augusto, bajo cuyo dominio estaban muchos pueblos, dio esta orden: todo el mundo debía ir a empadronarse a su cuidad natal.

José había nacido en Belén, la ciudad de David, allí donde decían las profecías que debía nacer el Redentor.

María y José se pusieron en marcha. Ella iba a lomo de un burrito. Él a pie.

Desde Nazaret hasta Belén había dos jornadas de camino por valles y montañas.

¡Qué alegría llegar a Belén! Lo primero que hizo José fue tratar de conseguir hospedaje. Pero la única posada del pueblo estaba colmada de viajeros que, como ellos, habían llegado para empadronarse.

¡Pobre José! ¿Era posible que no hubiera un rinconcito en algún lugar, para dar techo y abrigo a la Madre de Dios! Buscó y buscó sin encontrarlo.

Ya anochecía. ¿Qué hacer? Con el corazón partido de dolor, pero confiando en el Padre que está en el Cielo, condujo al burrito con su preciosa carga a las afueras de la cuidad.

Con las últimas luces del día encontró una de esas grutas donde los pastores solían refugiar a sus animales del furor de las tormentas, del frío de la noche y del calor del sol. Recordó que también él, siendo niño, había jugado allí.

Limpió como pudo el lugar y acomodó las pocas cosas que llevaban consigo. Sobre una mantita hizo recostar a la Virgen, que estaba cansada y con el Hijo por nacer.

A un lado de la gruta se hallaba echado un viejo buey, que con su cuerpo daba un poco de calor al aire frío y húmedo. Al otro lado José puso a descansar al burrito, mientras repetía dentro de su alma: “El Señor es mi pastor, nada me faltará...”

Cuando vio que todo estaba en orden, él se sentó junto a la entrada, como un centinela.

El cielo estaba muy azul y las estrellas brillaban alegres.

Un silencio de terciopelo lo adormeció.

Un rato más tarde... Despertó ante la claridad que brotaba del fondo de la gruta.

Se acercó con reverencia.

La Virgen, más hermosa que nunca, sostenía entre sus brazos al Niño Dios, resplandeciente como el sol.

Sintió que su corazón se iba a derretir de amor, de gratitud, de alegría... Adoró al Niño en profundo silencio.

En el cielo los ángeles festejaban cantando: “Gloria a Dios en la alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

 

*  *  *

 

La sombra del ombú

 

(Leyenda de Buenos Aires)

 

 

Cuando la gente de una tribu pampeana terminó su primera siembra de maíz, festejó el acontecimiento alegremente con danzas y cantos rituales.

Desde ese día los hombres fueron los encargados de cuidar el cultivo. Pero sucedió que al poco tiempo, la tribu se vio en peligro y la toldería vibró con gritos de guerra. Así fue que todos los hombres tuvieron que alejarse, dispuestos a defender sus dominios.

Sólo quedaron los ancianos y un puñado de mujeres, encargados de las tareas cotidianas de la toldería.

El cacique antes de partir encomendó a su esposa, Ombi, el cuidado de la pequeña siembra.

Pasaron muchos días, la dedicación de la mujer dio sus frutos y una tarde, conmovida descubrió los primeros tallos. Entusiasmada removía con sus manos la tierra, arrancaba los yuyos, y acarreaba agua para humedecer las plantas, sin descuidarlas en ningún momento.

Pero ocurrió que una gran sequía azotó la región. Nadie recordaba otra igual.

Los ancianos de la tribu invocaron a los dioses protectores para que enviaran un poco de lluvia, pero no aparecía ni una pequeña nube en el cielo. Sin piedad, el sol desparramó sus rayos, que terminaron por resquebrajar la tierra y hasta secó la aguada cercana a la toldería.

Después un viento caliente terminó por desolar la región. Ombi desesperada comprobó cómo las plantas que habían conseguido crecer se secaban una tras otra.

La india, ya casi no se alejaba del lugar y redoblaba sus cuidados para salvarlas.

Los días pasaban lentamente bajo aquel calor sofocante. En el lugar no existían árboles donde cobijarse, sólo los toldos daban una pequeña protección. Fue entonces que los ancianos de la tribu vieron asustados que Ombi envejecía día a día y temerosos por su vida, le rogaron que se quedara con ellos a la sombra de los toldos. Pero la mujer se negó a obedecer, resuelta a salvar aunque fuera una planta, para poder tener simiente al otro año.

Una mañana, el calor era tan abrasador que toda la tierra parecía una enorme hoguera; fue entonces que Ombi comprobó dolorida que del pequeño sembradío sólo quedaba una planta.

Decidida a no perderla, se arrodilló llorando a su lado y la cubrió con el cuerpo para protegerla del sol, mientras que sus lágrimas humedecían la tierra reseca.

Y ahí se quedó para siempre.

Pasaron los días y al ver que no volvía, su gente salió a buscarla. Lo único que hallaron fue una planta de maíz, que aunque débil se mantenía de pie, resguardada por la sombra de una hierba gigantesca que crecía muy cerca de ella.

Todos lloraron la pérdida de la india y en su recuerdo llamaron Ombú a aquella planta.

 

*  *  *

 

La liebre y la tortuga

 

 

 

 

La liebre Patas Largas estaba muy orgullosa  de ser capaz de correr más rápidamente que cualquiera de los animales del bosque. En cierta ocasión empezó a decirle a Agustina, una vecina suya, que pasaba cerca caminando lentamente:

-¿Adónde vas a tan gran velocidad? ¿Tal vez piensas dar la vuelta al mundo y ver muchos países en poco tiempo?

Agustina, que ya estaba harta de que siempre se burlase de ella, le contesto enfadada:

-¡Crees que eres más rápida que nadie, verdad? Pues te desafío a ver cuál de nosotras llega antes a aquella montaña, la más lejana de todas.

A Patas Largas, al oírla, le dio un ataque de risa, pero aceptó enseguida el reto, convencida que iba a dejar en ridículo a la tortuga.

Las dos vecinas trazaron una línea de partida y dieron comienzo a la carrera. A los pocos minutos la liebre había dejado tan atrás a la tortuga que la perdió de vista.

-Es una tontería que me moleste en correr -pensó-. Ganaré la carrera sin esforzarme, de modo que voy a detenerme a comer un poco y después dormiré una buena siesta.

Y así lo hizo con toda tranquilidad. Comió unas sabrosas hortalizas de un campo cercano y después se tumbó a la sombra de un árbol para descansar un rato. No tardó en quedarse dormida, soñando que ganaba la carrera y que la recibían en la meta con grandes honores. Pero durmió tanto tiempo que no vio como Agustina pasaba de largo cerca de ella y proseguía sin descanso, camino de la montaña.

Cuando Patas Largas despertó y, corriendo, llegó a la meta, allí estaba ya la tortuga, dispuesta a recibirla. Hacía unos minutos que había llegado y descansaba tranquilamente disfrutando de su triunfo. Aquello causó una enorme rabieta a la liebre, que al fin, avergonzada, tuvo que reconocer su derrota.

 

*  *  *

 

El Sol y el Viento

 

 

El Viento y el Sol discutían en una ocasión, sin ponerse de acuerdo, sobre cuál de los dos era más poderoso.

-Mira -dijo el Viento-, ¿Ves a aquel caminante que lleva puesta una capa? Pues te desafío a  arrancársela. Quién consiga quitársela habrá demostrado ser el más fuerte.

-De acuerdo -respondió el Sol-. Te concedo la ventaja de que lo intentes primero.

Y el Viento comenzó a soplar fuertemente, lanzando sus frías ráfagas contra el caminante. Entonces el hombre se envolvió más estrechamente en su capa, de modo que, cuando más violento y frío era el vendaval, el individuo la sujetaba con mayor fuerza. El Viento, al final, no tuvo más remedio que rendirse y, dejando de soplar dijo al Sol:

-Bueno, no he logrado quitarle la capa, pero ahora te toca demostrarme que puedes hacerlo. Si no lo consigues no habrá vencedor.

El Sol sonrió y comenzó a acariciar dulcemente con sus rayos al caminante. Al poco rato el hombre tuvo tanto calor que, para aliviarse, hubo de quitarse la capa.

 

*  *  *

 

Amanecer

 

Elena Ianantuoni

 

Sol naciente

que te asomas

trayéndonos luz y vida,

que yo también

me levante

para entregar alegría.

 

 

 

Corderitos

 

Elena Ianantuoni

 

En el prado verde,

de luz esmaltado,

pastan corderitos,

corderitos blancos.

 

Con dulce silbido

el pastor los llama,

y su amor los guía

a las puras aguas.

 

De todo peligro

el pastor los cuida;

por sus corderitos

daría la vida.

 

-¡Corderito mío,

corderito amado,

sigue mi camino,

quédate a mi lado!

 

-¡Pastorcito mío,

pastorcito amado,

yo quiero seguirte

y estar a tu lado!

 

 

 

Mis dos patrias

 

Elena Ianantuoni

 

Dos patrias me dieron,

dos patrias que quiero,

la una en la tierra,

la otra en el cielo.

 

Es mi patria amada

el suelo argentino,

regado con sangre

de valientes hijos.

 

Mi patria esperada

es cielo divino,

en donde por siempre

estaremos vivos.

 

Si por ellas lucho

y hago lo que debo,

engrandezco a una,

y a la otra llego.

 

 

 

Otoño

 

Elena Ianantuoni

 

Ya llega el otoño:

el sol a las hojas

se queda prendido,

y el viento lo lleva

por largos caminos.

 

 

 

El himno del universo

(Lo que cantan las cosas)

 

Elena Ianantuoni

 

 

Todas las cosas cantan la gloria de Dios.

Los cielos y la tierra nos hablan del Creador.

El sol y la luna, las estrellas lejanas, los espacios inmensos, cantan la gloria de Dios.

Campos y montañas, ríos y mares, la tierra y el agua, cantan la gloria de Dios.

Árboles y hierbas, bosques y selvas, y todas las plantas, cantan la gloria de Dios.

Ganados y fieras, peces y pájaros, y los animales todos, cantan la gloria de Dios.

Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, y todos los niños, cantan la gloria de Dios.

Todas las cosas reflejan a su Creador.

Ellas nos cantan la gloria de Dios.

 

 

 

Cuando miro a mi Bandera

 

Elena Ianantuoni

 

Cuando miro a mi bandera

a mi bandera argentina,

no sólo veo el celeste

y el blanco que la ilumina.

 

Veo el manto de la Virgen,

nuestra patrona querida,

tierna Madre que nos sigue

y desde el cielo nos guía.

 

Veo al general Belgrano

tomándola por enseña;

y a todos los que murieron

porque la Patria viviera.

 

Poema del caballero enamorado

 

Elena Ianantuoni

 

 

Un caballero viene a caballo;

armado viene y enamorado.

 

Tiene su barba muy, muy oscura,

y es su mirada muy, muy, muy clara.

 

De lejos viene, de justa y duelo,

de andar buscando un buen obsequio.

 

Un buen obsequio para su bella,

la que lo espera y en sueños besa.

 

Llega al castillo de la que ama:

su esposa Mara, dulce de alma.

 

El joven paje que lo recibe

cuenta que Mara está enterrada.

 

Está enterrada en pleno bosque,

bajo los robles y entre las flores.

 

Baja los ojos el caballero,

bebe su pena, llora en silencio.

 

A su caballo suelta la rienda,

entra en el bosque y allí se queda.

 

 

 

La jirafa

 

Elena Ianantuoni

 

 

Juiciosa está la jirafa

en el confín de su jaula.

Si viajara...si volviera

a aquel jardín de su Africa,

¡qué rápida correría

sobre la arena naranja!

El rojo sol por jinete

la dejaría ir tan lejos...

allí donde los juncales

se mojan en un espejo,

y los pájaros dibujan

surcos de luz en el cielo.

 

 

Los músicos de Brema

 

De los hermanos Grimm

 

 

Había en Alemania un campesino que era dueño de un asno, el cual, después de haberse esforzado durante muchos años en servirle de la mejor manera posible, perdió las fuerzas y no pudo trabajar más. Disgustado con él, el campesino comenzó a quejarse de su inutilidad y a reducirle el alimento, de tal manera, que el pobre animal estaba a punto de morirse de hambre. Esto, más el temor de creer que su destino era terminar sus días en manos de un curtidor, hizo que pensara en fugarse.

Y poniendo en práctica su pensamiento, una mañana, muy temprano, escapó de la cuadra sin dejar rastros.

No pensaba el pobre asno que también lejos de su primer dueño había de correr riesgos. Pero bien pronto se dio cuenta de ello al sentir que su estómago le reclamaba algún alimento. Y un poco desanimado, pensando que tal vez no era la mejor solución el haber escapado, púsose a reflexionar en voz alta.

-¿Dónde y cómo habré de conseguir algo que me aplaque el apetito? –se decía; y como en ocasiones el estómago suele resultar buen consejero, recordó que en la ciudad de Brema se había formado una orquesta por iniciativa del alcalde, y pensó:

-¿Y si yo me ofreciere para formar parte de la orquesta? Tal vez después de escuchar mi agradable voz de bajo se mostrarán conformes conmigo.

Y sin dudarlo más se puso en camino.

Varias horas llevaba ya de marcha cuando, al pasar cerca de un puente bajo el cual corría un arroyuelo, encontró sentado sobre una roca, aullando lastimeramente, a un perro de caza. Acercóse a él y le preguntó la causa de su dolor:

-¿A qué se debe que aúlles tan lastimosamente? –le dijo.

-Lo hago de indignación contra las injusticias que comete el hombre -respondió el perro- soy viejo ya, no corro como antes y hasta las liebres pasan a mi lado burlándose de mí. Por eso, mi amo, olvidando antiguos servicios, desea matarme. Afortunadamente me enteré a tiempo de sus intenciones y pude escapar. Pero ahora me hallo en una situación nada envidiable: ¿qué haré para poder ganarme la vida y comer como Dios manda?

-Escucha -le dijo el asno-, yo voy hacia Brema, donde hacen falta cantantes. Pienso ofrecerme como bajo, tú, que no tienes mala voz, podrás hacerlo en calidad de barítono.

No pareciéndole mala la idea de su ocasional amigo, aceptó el perro la proposición y ambos se pusieron en marcha.

Poco trecho habían recorrido cuando alcanzaron a ver un gato que, sentado a la vera del camino, parecía entregado a amargas reflexiones.

-¿Qué tienes? -le preguntó el asno-. ¿Puedes decirnos por qué estás tan triste?

-¿Crees que no se debe estar triste cuando se presiente el último momento de la vida? -respondió el gato-. Ya no soy joven, y mi agrado sería permanecer junto al brasero o correr de tanto en tanto tras una laucha que pasara ante mi vista. Pero mi ama no piensa como yo, y disgustada por mi vejez me ha amenazado más de una vez con arrojarme al río.

Afortunadamente pude escapar a ese peligro; pero ahora, ¿qué haré?, ¿cómo conseguiré mis alimentos?

-¡No te desanimes! -exclamó el asno-. Mi amigo el perro y yo nos dirigimos a Brema, donde sabemos que hacen falta cantantes en la orquesta que dirige el alcalde. Te ruego que no lo tomes a mal, pero tu triste figura se prestará muy bien para desempeñar el papel de tenor cómico.

La propuesta resultó del agrado del gato, el cual, encantado, se unió a sus compañeros.

Próximos ya al término de su viaje, vieron delante de la puerta de una especie de gallinero, a un gallo que cantaba con toda la fuerza de su garganta.

-¡Por Dios, amigo! -le dijo el asno-. ¿No te basta cantar al salir el sol, sino que continúas haciéndolo ahora? ¿O es que alguna razón te obliga a ello?

-En efecto, me ha sucedido una gran desgracia -contestó el gallo-. Mi ama recibirá mañana la visita de varias personas de su amistad, a quienes trata de obsequiar a mi costa. Oí que le decía a la cocinera que se dispusiera a hacer conmigo un magnífico guiso de arroz y yo, comprendiendo lo poco agradable del fin que me espera, trato de entretenerme cantando para olvidar.

-Te confieso que no me parece nada acertado aguardar la muerte con tanta tranquilidad -exclamó el asno, sacudiendo las orejas con cierta indignación-. Mis acompañantes y yo vamos a la ciudad de Brema a integrar la orquesta que dirige el alcalde. Vente con nosotros; he podido apreciar que tu voz es magnífica.

Encantado de poder escapar de la muerte y probar fortuna, el gallo se unió a la pequeña caravana. Ninguno de los cuatro sentía entonces la tristeza que había experimentado algunas horas antes. Cuando llegó la noche, como se encontraron en medio del bosque, el perro creyó prudente decir que debían aguardar allí la llegada del nuevo día.

-Es peligroso caminar de noche –dijo.

Convinieron en quedarse allí, y cuando se disponían a buscar la posición más cómoda, el gallo, que había subido a la rama de un árbol, alcanzó a divisar a lo lejos una débil luz.

-¡Compañeros! -exclamó-, veo algo que parece indicar la presencia de una casa.

-Probablemente lo sea -agregó el asno-; sería conveniente que nos acercásemos para tratar de pasar la noche bajo techo.

-Me parece muy bien -añadió el perro-; por otra parte, es probable que encontremos algún alimento. Puedo aseguraros, queridos camaradas, que ardo en deseos de tener a mi alcance un hueso por muy mondado que esté.

-O alguna laucha descuidada -añadió el gato relamiéndose de gusto.

Como los cuatro estaban de acuerdo, acercáronse al lugar de donde partía la luz y se encontraron frente a una casa de una de cuyas ventanas del piso bajo, salía un vivo resplandor.

-Será conveniente que uno de nosotros se acerque para ver de qué se trata –dijo el perro.

-Creo prudente que sea el gato quien lo haga -agregó el asno-. Está acostumbrado a caminar sin hacer ruido y no denunciará nuestra presencia.

Como el gallo, el perro y el mismo gato estuvieron de acuerdo, este último se acercó sigilosamente a la ventana. Sirviéndose de las uñas trepó por una enredadera y después, haciendo pie en una saliente del alféizar, miró hacia el interior. Vio una habitación en cuyo centro se hallaba una mesa servida como para un banquete, pero ni una sola persona. Esperó un rato y nada. Quienes habitaban la casa -pues a juzgar por los platos preparados eran varios los comensales-, debían encontrarse en esos momentos en otra habitación. Al cabo de un rato se cansó de la espera y regresó a contar a sus amigos cuanto se alcanzaba a ver desde la ventana.

-No he visto a nadie -dijo-, pero a deducir por la mesa preparada no han de tardar en llegar varias personas. No he podido aguardar más porque tengo mucha hambre y la vista de tan ricos manjares me ponía nervioso y hubiese hecho un disparate.

Entonces el perro y el asno, de común acuerdo, resolvieron que fuese el gallo a enterarse de algo:

-Puedes valerte de la enredadera -le dijeron-, y espiar sin necesidad de acercarte mucho.

Se aproximó el gallo a la ventana y siguió las indicaciones de sus amigos. Voló hasta una rama de la enredadera y desde allí miró hacia el interior. Pero vio lo mismo que viera el gato: una mesa bien servida y los manjares preparados como aguardando a alguien. Pero ni una sola persona. Y como el gato, al cabo de un rato de espera se reunió con sus amigos sin poder agregar nada a lo que sabían.

Entonces el asno decidió ir él personalmente. Tratando de no hacer ruido se acercó a la ventana y al mirar vio a varios ladrones que comían y charlaban animadamente.

Volviéndose hacia sus compañeros, les puso al tanto de lo que sucedía, y entonces el perro, procurando no elevar demasiado la voz, exclamó:

-¡Si por lo menos nos dieran algo de las sobras! Desde luego pienso en las sobras solamente porque estoy viejo y no puedo valerme de los dientes. En caso contrario, no aguardaría un instante.

-Yo nada puedo intentar –exclamó el gallo.

-Sin embargo -intervino el gato, que hasta ese momento había permanecido silencioso-, creo que algo podemos hacer. Escuchen...

Cuchichearon un momento los cuatro y enseguida se dispusieron a poner en práctica una idea que se le había ocurrido al gato.

Acercóse el asno a la ventana, se afianzó bien en el suelo con las patas traseras y apoyó las delanteras sobre el alféizar; montose después el perro sobre su lomo, el gato se colocó sobre el del perro y sobre el del gato encaramose el gallo.

Después, ante una indicación del asno, todos empezaron a cantar a su manera: el asno dejó oír un estridente rebuzno, aulló el perro lastimosamente, maulló el gato como si alguien le amenazara de muerte, y el gallo dejó escapar de su garganta un prolongado cocorocó. Y al mismo tiempo que el desentonado concierto parecía la amenaza de un próximo terremoto, avanzó el jumento y a través de la ventana se precipitó en el interior de la habitación, llevando siempre sobre sí a sus compañeros, que se sujetaban fuertemente para no caer.

Ante la inesperada aparición, los ladrones, creyendo que se trataba del Diablo en persona echaron a correr desesperadamente y no tardaron en perderse entre los árboles del bosque. Y los cuatro animales, satisfechos, sentáronse en torno a la mesa, dispuestos a saborear los riquísimos manjares: el asno y el gallo se hartaron de pan y empanadas, y el perro y el gato con el resto de las vituallas.

Cuando hubieron satisfecho su apremiante apetito, buscó cada uno un rincón donde pasar la noche. Después, apagaron la luz y no tardaron en quedarse dormidos.

Hacia la medianoche, los ladrones, que pasado el primer momento de susto se habían acercado a la casa, al no escuchar ningún ruido pensaron que todo había sido una falsa alarma. El bandido que los capitaneaba, creyó prudente enviar a uno de sus hombres a inspeccionar el interior. El enviado, caminando en puntas de pie, dio vuelta a la casa y por la puerta de atrás entró en la cocina.

Al acercarse al fogón, le pareció ver unas pequeñas brasas, y tomando un papel lo acercó a ellas para encenderlo e iluminar sus pasos. Pero no eran brasas como pensaba, sino los ojos del gato, que seguían los movimientos del hombre, y que al darse cuenta de su intención, lanzó unos bufidos capaces de asustar al más valiente.

Sin aguardar un momento más, el ladrón echó a correr hacia la puerta, pero de pronto tropezó con el perro, que lanzó un aullido prolongado y agudo. Loco de miedo, el hombre pretendió entonces escapar por el patio, pero se vio detenido de improviso al chocar con un cuerpo. Era el asno, que, comprendiendo la situación, le dio dos tremendas coces que lo arrojaron por el aire y le hicieron caer en medio de sus compañeros, que no se explicaban el porqué de aquella salida tan original.

-¿Qué te ha pasado? –le preguntó el capitán de la banda, a quien el temor hacía tartamudear.

-No me es posible explicarlo -exclamó el bandido-. Lo que sí puedo decirles es que no hay medio de regresar a esa casa: se halla ocupada por los demonios y las brujas. En la cocina, una de ellas me lanzó un bufido que me heló la cara; junto a la puerta, un diablo me hizo caer, y en el patio, un terrible monstruo me dio tal golpe, que ya habéis visto cómo me obligó a salir de la casa.

Como el ladrón, tal vez por el miedo que sentía o porque quería pasar por valiente ante sus compañeros, agregó aún que había escuchado voces, gritos y llantos, sus compañeros, no sólo no quisieron intentar una nueva prueba, sino que se alejaron lo más rápidamente posible, sin atreverse siquiera a volver la cabeza.

Dueños de la situación y de la casa, los cuatro animales se quedaron en ésta definitivamente. Ayudándose mutuamente y sin temor a nada ni a nadie, vivieron felices durante muchos años; y si bien no fueron a la ciudad de Brema a integrar la orquesta dirigida por el alcalde, como habían pensado hacerlo, el conocimiento de la aventura bastó para que alguien les diera el nombre de músicos.

Y la eficaz ayuda que se prestaron entre sí, sirvió para demostrar que quienes saben rodearse de buenos amigos encuentran la tranquilidad y el bienestar que ansían.

 

*  *  *

 

El gigante egoísta

 

Oscar Wilde

 

 

Todas las tardes, al volver del colegio, tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante.

Era un amplio y hermoso jardín, con un suave y verde césped. Brillaban aquí y allí lindas flores entre la hierba, como estrellas, y había doce melocotoneros que, en primavera, se cubrían con una delicada floración blanquirrosada y que, en otoño, daban hermosos frutos. Los pájaros posados sobre los árboles cantaban tan hechiceramente, que los niños interrumpían habitualmente sus juegos para escucharlos.

-¡Qué dichosos somos aquí! -se gritaban unos a otros.

Un día volvió el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y vivido siete años con él. Al cabo de los siete años dijo todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió regresar a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en su jardín.

-¿Qué hacéis aquí? -les gritó con voz agria. Y los niños huyeron, corriendo-. Mi jardín es mi jardín -dijo el gigante-. Todos deben entenderlo así, y no permitiré que nadie más que yo juegue con él.

Lo cercó entonces con un alto muro y puso este cartel:

 

 

 

 

 

 

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora sitio donde jugar.

Intentaron hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta, toda llena de agudas piedras, y no les gustó.

Tomaron la costumbre de pasearse, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Qué felices éramos ahí! -se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera, y en todo el país hubo pajaritos y florecillas.

Sólo en el jardín del gigante egoísta continuaba siendo invierno.

Los pájaros, desde que no había niños, no tenían interés en cantar, y los árboles olvidábanse de florecer.

En cierta ocasión una bonita flor levantó su cabeza sobre el césped, pero al ver el cartelón se entristeció tanto pensando en los niños, que se dejó caer de nuevo en tierra, volviéndose a dormir.

Los únicos que se alegraron fueron el Hielo y la Nieve.

“La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaban-; gracias a esto viviremos en él todo el año.” La Nieve extendió su gran manto blanco sobre el césped, y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al Viento del Norte a que viniese a pasar una temporada con ellos, y él vino.

Estaba envuelto en pieles, y bramaba durante todo el día por el jardín, derribando chimeneas.

-Éste es un sitio delicioso -decía-. Diremos al Granizo que nos haga una visita.

Y llegó el Granizo. Todos los días, durante tres horas, tocaba el tambor sobre la techumbre del castillo hasta que rompió muchas pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín, corriendo lo más deprisa que pudo. Iba vestido de gris y su aliento era como hielo.

-No comprendo por qué la primavera tarda tanto en llegar -decía el gigante egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín blanco y frío-. ¡Espero que cambie el tiempo!

Pero la primavera no llegaba nunca, ni el invierno tampoco.

El otoño trajo frutos dorados a todos los jardines; pero no dio ninguno al del gigante.

-Es demasiado egoísta- dijo.

Y era siempre invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Granizo, el Hielo y la Nieve danzaban en medio de los árboles.

Una mañana, el gigante, acostado en su lecho, pero despierto ya, oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos, que le hizo imaginarse que el rey de los músicos pasaba por allí. En realidad, era un jilguero que cantaba ante su ventana, pero como no había oído un pájaro en su jardín hacía tanto tiempo, le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, y el Viento del Norte de rugir, y un perfume delicioso llegó hasta él por la ventana abierta.

-Creo que ha llegado, al fin, la primavera -dijo el gigante; y saltando del lecho, se asomó y miró afuera. ¿Qué fue lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habíanse deslizado en el jardín, encaramándose a los árboles. Sobre todos los árboles que alcanzaba él a ver había un niñito. Y los árboles sentíanse tan dichosos de sostener nuevamente a los niños, que se habían cubierto de flores, y agitaban graciosamente sus brazos sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban de unos para otros, cantando con delicia, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era un bello cuadro; sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, que no había podido llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol estaba aún cubierto por completo de hielo y de nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía por encima de él.

-¡Sube, pequeño! -decía el árbol, y tendía sus ramas, inclinándolas todo cuanto podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al mirar hacia afuera.

“¡Qué egoísta he sido! -se dijo-. Ya sé por qué la primavera no ha querido venir aquí. Voy a colocar a ese pobre pequeñuelo sobre la copa del árbol y luego derribaré el muro, y mi jardín será ya siempre el sitio de recreo de los niños.”

Estaba verdaderamente arrepentido de lo que había hecho.

Bajó las escaleras, abrió nuevamente la puerta con toda suavidad, y entró en el jardín.

Pero cuando los niños le vieron quedaron tan aterrorizados que huyeron, y el jardín se quedó otra vez como en invierno.

Unicamente el niño pequeñito no había huido, porque sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio venir al gigante.

Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente con sus manos y lo depositó sobre el árbol. Y el árbol inmediatamente floreció; los pájaros vinieron a posarse y a cantar sobre él, y el niñito extendió sus brazos, rodeo con ellos el cuello del gigante y lo besó. Y los otros niños, viendo que ya no era malo el gigante, se acercaron corriendo, y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora éste es vuestro jardín, pequeñuelos -dijo el gigante, y, cogiendo un hacha muy grande, echó abajo el muro.

Y cuando la gente pasó al mediodía hacia el mercado, vio al gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto nunca.

Estuvieron jugando durante todo el día, y al caer la noche fueron a decir adiós al gigante.

-Pero..., ¿dónde está vuestro compañerito -les preguntó-, ese chiquillo que subí al árbol?

A él era a quien quería más el gigante, porque le había besado.

-No sabemos -respondieron los niños-; se ha ido.

-Decidle que venga mañana sin falta -repuso el gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que no le habían visto nunca hasta entonces, y el gigante se quedó muy triste. Todas las tardes, a la salida del colegio, venían los niños a jugar con el gigante. Pero ya no se volvió a ver al pequeñuelo a quien quería tanto. El gigante era muy bondadoso con todos los niños, pero echaba de menos a su primer amiguito y hablaba de él con frecuencia.

-¡Cuánto me gustaría verle...! -solía decir.

Pasaron los años, y el gigante envejeció mucho y fue debilitándose. Ya no podía tomar parte en los juegos; permanecía sentado en un gran sillón viendo jugar a los niños y admirando su jardín.

-Tengo muchas flores bellas -decía-; pero los niños son las flores más bellas de todas.

Una mañana de invierno, mientras se vestía, miró por la ventana. Ya no detestaba el invierno; sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores. De pronto se frotó los ojos atónito y miró y miró. Realmente era una visión maravillosa. En el rincón más apartado del jardín había un árbol completamente cubierto con flores blancas. Sus ramas eran todas doradas, y colgaban de ellas frutos de plata, y debajo estaba, en pie, el pequeñuelo, a quien quiso tanto.

El gigante se precipitó por las escaleras con gran alegría, y entró en el jardín. Corrió por el césped y se acercó al niño. Y cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

-¿Quién se ha atrevido a herirte?

Pues en las palmas de las manos del niño y en sus piececitos veíanse las señales de dos clavos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el gigante-. Dímelo. Iré a coger mi gran espada y lo mataré.

-No -respondió el niño-; éstas son las heridas del Amor.

-¿Quién eres? -dijo el gigante, y un extraño temor le invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeñuelo.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Me dejaste jugar una vez en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los chicos aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de flores blancas.

 

*  *  *

 

Tres cosas

 

Álvaro Yunque

 

 

Era éste un matrimonio muy pobre: un viejito y una viejita. Una noche el viejito, que era trapero, llevó a su rancho un espejito. La vieja lo frotó para mirarse en él. ¡Qué salto dieron la viejita y el viejito! Frente a ellos estaba un hermoso ángel, de grandes alas blancas, nimbada de luz la cabeza rubia.

Dijo el ángel: -Dios me envía a vosotros. Compadecido de veros trabajar toda la vida y siempre pobres, me envía a socorreros. Tenéis derecho de pedir tres cosas. Comenzad.

-¡Yo quiero una longaniza recién asada! –pidió el viejito apresuradamente. Y se vio con la longaniza en la mano.

Pero la vieja se puso furiosa. ¡Desperdiciar de tan tonta manera una dádiva! Pidió a su vez: -¡Qué la longaniza se te pegue en la punta de la nariz!- Y la longaniza se le colgó de la nariz al viejo.

En vano éste quiso quitársela. Si tiraba le dolía tanto como si tirase de su propia nariz. Se desesperó. Ya habían pedido dos cosas. Sólo les quedaba una. El viejo quería que le sacasen la longaniza de la nariz. La vieja quería pedir dinero. No podían armonizar. Al fin, el viejo convenció a la vieja, y pidieron que le sacase la longaniza de la nariz.

Así lo hizo; pero desapareció el ángel, se rompió el espejito en las manos de la vieja. Y los dos pobres quedaron tan pobres como antes.

 

*  *  *

 

 El camarón encantado

(CUENTO DE MAGIA DEL FRANCÉS LABOULAYE)

 

Adaptación de José Martí

(De La edad de oro)

 

 

ALLÁ POR UN PUEBLO del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre Loppi, en su casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su mujer. El hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que quiere decir “fresa agria”. Y era agria Masicas de veras, como la fresa sílvestre. ¡Vaya un nombre: Masicas!  Ella nunca se enojaba, por supuesto, cuando le hacían el gusto, o no la contradecían; pero si se quedaba sin el capricho, era de irse a los bosques por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la noche, preparando el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha, corta que corta, buscando el pan; y en cuanto entraba Loppi, no paraba de regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy  pobres, y cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor. De veras que era pobre la casa de Loppi; las arañas no hacían telas en sus rincones porque no había allí moscas que coger, y dos ratones que entraron extraviados, se murieron de hambre.

Un día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen leñador salió de la casa suspirando con el morral vacío al hombro; el morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las papas que le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar cerca de un charco vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal raro y negruzco, de muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande por cierto; era un enorme camarón. “¡Al saco el camarón!; con esta cena le vuelve el juicio a esa hambrona de Masicas, ¿quién sabe lo que dice cuando tiene hambre?” Y echó el camarón en el saco.

Pero, ¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba, que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima; el camarón le estaba hablando:

-Párate, amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los camarones; más de un siglo tengo yo, ¿qué vas a hacer con este carapacho duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo.

-Perdóname, camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está esperando su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo, y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo de escoba cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.

-Y ¿por qué se lo has de decir a tu mujer?

-¡Ay, camaroncito! Eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas. Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz, y uno se deja llevar; Masicas me vuelve del revés, y me saca todo lo que tengo en el corazón; Masicas sabe mucho.

-Pues mira, leñador, que yo no soy un camarón como parezco, sino una maga de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no me oyes, toda la vida te has de arrepentir.

-Tú contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le hago daño.

-Dime qué pescado le gusta más a tu mujer.

-Pues el que haya, camarón, que los pobres no escogen; lo que has de hacer es que no vuelva yo con el morral vacío.

-Pues ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di: “¡Peces, al morral!”

Y tantos peces entraron en el morral que casi se le iba a Loppi de las manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.

-Ya ves, leñador -le dijo el camarón-, que no soy desagradecido. Ven acá todas las mañanas, y en cuanto digas: “¡Al morral, peces!” tendrás el morral lleno de los peces colorados, de los peces de plata, de los peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y dime asi:

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

Y yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio, y no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.

-Probaré, señora maga, probaré –dijo el leñador; y puso en la yerba con mucho cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua.

Iba como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba, pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya no podía más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar, primero un lucio como de una vara, luego una carpa, radiante como el oro, luego dos truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó a Loppi, y lo volvió a abrazar, y le dijo: “¡leñadorcito mío!”

-Ya ves, ya ves, Loppi lo que nos sucede por haber oído a tu mujer y salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme unos ajos y cebollas, y tráeme unas setas; anda, anda al monte, leñadorcito, que te voy a hacer una sopa que no la come el rey. Y la carpa la asaremos; ni un regidor va a comer mejor que nosotros.

Y fue muy buena por cierto la comida porque Masicas no hacía sino lo que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció, que era como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al otro día no le hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados. Y al otro se puso a hablar sola. Y el sábado le sacó la lengua en cuanto lo vio venir. Y el domingo se le fue encima a Loppi, que volvía con su morral a cuestas.

-¡Mal marido, mal hombre, mal compañero!  ¡que me vas a matar a pescado!  ¡que de verte el morral me da el alma vueltas!

-Y  ¿qué quieres que te traiga, pues? –dijo el pobre Loppi.

-Pues lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados; una sopa buena y un trozo de tocino.

“Con tal, pensó Loppi, que la maga me quiera hacer este favor.”

Y al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces:

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

Y el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y luego la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían.

-¿Qué quiere el leñador?

-Para mí, nada para mí, camaroncito; ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo de tocino.

-Pues tendrá lo que quiere tu mujer -respondió el camarón-. Al sentarte esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y di a cada golpe: “¡Sopa, aparece; aparece, tocino!”  Y verás que aparecen. Pero ten cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a pedir, no va a acabar nunca.

-Probaré, señora maga, probaré –dijo Loppi, suspirando.

Como una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día en la mesa Masicas, que comió  sopa dos veces, y tocino tres, y luego abrazó a Loppi y lo llamó: “Loppi de mi corazón”.

Pero a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa, se puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados:

-¿Hasta cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal hombre? ¿qué una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?

-Pero ¿qué quieres, amor mío, qué quieres?

-Pues quiero una buena comida, mal marido; un ganso asado, y unos pasteles para postres.

 

En toda la noche no cerró Loppi los ojos pensando en el amanecer, y en los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso cada uno. Y a paso de moribundo se fue arrimando al charco a los claros del día. Y las voces que daba parecían hilos, por lo tristes, por lo delgadas:

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

-¿Qué quiere el leñador?

-Para mí, nada; ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero mi mujer se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito asado, así como unos pastelitos.

-Pues vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu mujer quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le mandaré a la mesa que se lo sirva.

En un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y tirando por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos, cuando él llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas, y una jarra de estaño, y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas. Hasta un frasco de anisete había en la mesa, con su forro de paja.

Pero Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello? Ella quería saber: “¡Dímelo, Loppi!”  Y Loppi se lo dijo, cuando ya no quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas más dulce que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie; no había una vecina en doce leguas a la redonda.

A los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa, le contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso:

-Pero, Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita; comer, es verdad, come mejor que una reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi, como la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga no te tendrá a mal que quieras vestir bien a tu mujercita.

A Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba bien sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre. Pero la voz se le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón encantado:

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

El camarón entero sacó el cuerpo del agua.  

-¿Qué quiere el leñador?

-Para mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me dé poder para tenerla con traje de señora.

El camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo a Loppi: “Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que desea”.

-¡Oh, señor camarón! ¡oh, señora maga! ¡déjeme que le bese la patica izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la bese!

Y se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado que le daba vueltas a una rosa; y cuando entró en su casa vio a una bella señora, y la saludo hasta los pies; y la señora se echó a reir, porque era Masicas, su linda Masicas, que estaba como un sol de la hermosura. Y se tomaron los dos de la mano, y bailaron en redondo, y se pusieron a dar brincos.

A los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y con los ojos colorados, como de mucho llorar. “Y dime, Loppi -le decía una tarde, con un pañuelo de encaje en la mano-, ¿de qué me sirve tener tan buen vestido sin un espejo donde mirarme, ni una vecina que me pueda ver, ni más casa que este casuco?  Loppi, dile a la maga que esto no puede ser.” Y lloraba Masicas, y se secaba los ojos colorados con su pañuelo de encaje: “Dile, Loppi, a la maga que me dé un castillo hermoso, y no le pediré nada más”.

-¡Masicas, tú estás loca!  Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate, mujer, con lo que tienes, que si no la maga te castigará por ambiciosa.

-¡Loppi,  nunca serás más que un zascandil!  ¡El que habla con miedo se queda sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que yo estoy aquí para lo que suceda.

Y el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle, y le quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si volvía sin el castillo?  Llamó muy quedito:

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

-¿Qué quiere el leñador? –dijo el camarón, saliendo del agua poco a poco.

-Nada para mí; ¿qué más podría yo querer?  Pero mi mujer no está contenta y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos.

-¿Y qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?

-Pues una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más.

-Leñador -dijo el camarón, con una voz que Loppi no le conocía-, tu mujer tendrá lo que desea.  -Y desapareció en el agua de repente.

A Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiando todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras hermosas, y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno de flores. Una princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín, con un vestido de plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas. “Ahora sí, Loppi, que soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga es muy buena.”  Y Loppi se echó a llorar de alegría.

Vivía Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las baronesas se disputaban el honor de visitarla: el goberrnador no daba orden sin saber si le parecía bien; no había en todo el país quien tuviera un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus gallinas de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas. ¿Qué le faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar?  Se lo dijo a Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas, quería algo más. Quería ser reina Masicas: “¿No ves que para reina he nacido yo? ¿No ves, Loppi mío, que tú mismo me das siempre la razón, aunque eres más terco que una mula?. Ya no puedo esperar, Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina”.

Loppi no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los trabajos de mandar a los hombres?  Pero cuando Masicas decía a querer, no había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el sol, limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó. Llamó.

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

Vio salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían “¿qué quiere el leñador?”  Pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo tartamudeando:

-Para mí, nada; ¿qué pudiera yo pedir?  Pero se ha cansado mi mujer de ser princesa.

-¿Y qué quiere ahora ser la mujer del leñador?

-¡Ay, señora maga!, reina quiere ser.

-¿Reina no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea. ¡Salud, marido de la reina!

Y cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masicas tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes, con sus medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina Masicas, cargándole la cola.

Y Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más fino, seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos meses estuvo almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos, y paseando por el jardín con su capa de armiño y su sombrero de plumas, hasta que un día vino un chambelán de casaca carmesí con botones de topacio, a decirle que la reina lo quería ver, sentada en su trono de oro.

-Estoy cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres. Ve a ver a la maga por última vez. Ve; dile lo que quiero.

-Pero ¿qué quieres entonces, infeliz?  ¿Quieres reinar en el cielo donde están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo?

-Que vayas, te digo, y le digas a la maga que quiero reinar  en el cielo, y ser dueña del mundo.

-Que no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.

-Soy tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten la cabeza.

-Voy, mi reina voy.

Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba como si le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose en el suelo, golpeándose la casaca bordada de colores: “¡Tal vez -pensaba Loppi-, tal vez el camarón tenga piedad de mí!”  Y lo llamó desde la orilla, con voz como un gemido:

 

“Camaroncito duro,

sácame del apuro.”

 

Nadie respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como un soplo.

-¿Qué quiere el leñador? –respondió otra voz terrible.

-Para mí nada; ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer, quiere que le diga a la señora maga su último deseo; el último, señora maga.

-¿Qué quiere ahora la mujer del leñador?

Loppi, espantado, cayó de rodillas.

-¡Perdón, señora, perdón!  ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del mundo!

El camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma, y se fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:

-¡A tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a las mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo la corona!  ¡A tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca, con el morral vacío!

Y se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.

Loppi se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó, no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo el manto de armiño, ni vestía casaca bordada de colores. El camino era oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados y pinos enfermos eran la única arboleda. El suelo era, como antes, de pozos y pantanos. Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba sin saber que iba, mirando a la tierra.

Y de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces: “¿Estás aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre!”

-¡Masicas, que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas!

Pero las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron, y cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies, le compuso los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada el morral vacío. Por la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba tendido junto a Masicas, muerto.

 

*  *  *

 

El loro pelado

 

Horacio Quiroga

(De Cuentos de la Selva)

 

 

Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.

De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.

Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.

Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota.

El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.

Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.

Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: “¡Buen día, lorito!...” “¡Rica la papa!...” “¡Papa para Pedrito!...”

Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.

Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.

Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o'clock tea.

Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:

-"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica, papa!... ¡La pata, Pedrito!..." -y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.

Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.

-¿Qué será? -se dijo el loro-. "¡Rica, papa!..." "¿Qué será eso?..." “¡Buen día, Pedrito!...".

El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.

Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.

-¡Buen día, tigre! -le dijo-. ". “¡La pata, Pedrito!...”

Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:

-¡Bu-en-día!

-¡Buen día, tigre! -repitió el loro-. "¡Rica, papa!... ¡rica, papa!... ¡rica, papa!..."

Y decía tantas veces "¡rica, papá!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.

-¡Rico té con leche! -le dijo-. "¡Buen día, Pedrito!..." ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?

Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre, se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:

-¡Bue-no!  ¡Acérca-te un po-co que soy sor-do!

El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.

-¡Rica, papa, en casa! -repitió gritando cuanto podía.

-¡Más cer-ca! ¡No oi-go! -respondió el tigre con su voz ronca.

El loro se acercó un poco más y dijo:

-¡Rico, té con leche!

-¡Más cer-ca toda-vía! -repitió el tigre.

El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.

-¡Toma! -rugió el tigre-. Andá a tomar té con leche...

El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.

Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre, Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón, y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor, con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.

Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:

-¿Dónde estará Pedrito? -decían. Y llamaban: -¡Pedrito! ¡Rica, papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!

Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a llorar.

Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.

Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.

Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.

-¡Pedrito, lorito! -le decían-. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!

Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.

Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado: un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento, cantando:

-¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!

Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos. El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.

Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.

Entonces el loro se puso a gritar:

-¡Lindo día!... ¡Rica, papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?...

El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:

-¡Acér-ca-te más! ¡Soy sor-do!

El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:

-¡Rico, pan con leche!... ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!...

A1 oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.

-¿Con quién estas hablando? -bramó-. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?

-¡A nadie, a nadie! -gritó el loro-. ¡Buen día, Pedrito!... ¡La pata, lorito!...

Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.

Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:

-¡Rica, papa!... ¡ATENCIÓN!

-¡Más cer-ca-aún! -rugió el tigre, agachándose para saltar

-¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO, VA A SALTAR!

Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.

Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado -¡y bien vengado!- del feísimo animal que le había sacado las plumas!

El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.

Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.

Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.

-¡Rica, papa!... le decía-. ¿Querés té con leche?... ¡La papa para el tigre!...

Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.

 

*  *  *

 

Los anteojos de Dios

 

Mamerto Menapace

(De Cuentos Rodados)

 

 

El cuento trata de un difunto. Anima bendita camino del cielo donde esperaba encontrarse con Tata Dios para el juicio sin trampas y a verdad desnuda. Para nada iba tranquilo. Y no era para menos, porque en la conciencia a más de llevar muchas cosas negras, tenía muy pocas positivas que hacer valer. Buscaba ansiosamente aquellos recuerdos de buenas acciones que había hecho en sus largos años de usurero. Había encontrado en los bolsillos del alma unos pocos recibos "Que Dios se los pague", medio arrugados y amarillentos por lo viejo. Fuera de eso, bien poca cosa más. Pertenecía a los ladrones de levita y galera, de quienes comentó un poeta: "No dijo malas palabras, ni realizó cosas buenas"

Parece que en el cielo las primeras se perdonan y las segundas se exigen. Todo esto ahora lo veía clarito. Pero ya era tarde. La cercanía del juicio de Tata Dios lo tenía a muy mal traer.

Se acercó despacito a la entrada principal, y se extrañó mucho al ver que allí no había que hacer cola. O bien no había demasiados clientes, o quizá los trámites se realizaban sin complicaciones.

Quedó realmente desconcertado cuando se percató no sólo de que no se hacía cola, sino que las puertas estaban abiertas de par en par, y además no había nadie para vigilarlas. Golpeó las manos y gritó el Ave María Purísima. Pero nadie le respondió. Miró hacia adentro, y quedó maravillado de la cantidad de cosas lindas que se distinguían. Pero no vio a ninguno. Ni ángel, ni santo, ni nada que se le pareciera. Se animó un poco más y la curiosidad lo llevó a cruzar el umbral de las puertas celestiales. Y nada. Se encontró perfectamente dentro del paraíso sin que nadie se lo impidiera.

¡Caramba -se dijo- parece que aquí deben ser todos gente muy honrada!  ¡Mirá que dejar todo abierto y sin guardia que vigile!

Poco a poco fue perdiendo el miedo, y fascinado por lo que veía se fue adentrando por los patios de la Gloria. Realmente una preciosura. Era para pasarse allí una eternidad mirando, porque a cada momento uno descubría realidades asombrosas y bellas.

De patio en patio, de jardín en jardín, y de sala en sala se fue internando en las mansiones celestiales, hasta que desembocó en lo que tendría que ser la oficina de Tata Dios. Por supuesto, estaba abierta también ella de par en par. Titubeó un poquito antes de entrar. Pero en el cielo todo termina por inspirar confianza. Así que penetró en la sala ocupada en su centro por el escritorio de Tata Dios. Y sobre el escritorio estaban sus anteojos. Nuestro amigo no pudo resistir la tentación -santa tentación al fin- de echar una miradita hacia la tierra con los anteojos de Tata Dios. Y fue ponérselos y caer en éxtasis. ¡Qué maravilla! Se veía todo clarito y patente. Con esos anteojos se lograba ver la realidad profunda de todo y de todos sin la menor dificultad. Pudo mirar lo profundo de las intenciones de los políticos, las auténticas razones de los economistas, las tentaciones de los hombres de Iglesia, los sufrimientos de las dos terceras partes de la humanidad. Todo estaba patente a los anteojos de Dios, como afirma la Biblia.

Entonces se le ocurrió una idea. Trataría de ubicar a su socio de la financiera para observarlo desde esta situación privilegiada. No le resultó difícil conseguirlo. Pero lo agarró en un mal momento. En ese preciso instante su colega estaba estafando a una pobre mujer viuda mediante un crédito bochornoso que terminaría de hundirla en la miseria por sécula seculorum. (En el cielo todavía se entiende latín.) Y al ver con meridiana claridad la cochinada que su socio estaba por realizar, le subió al corazón un profundo deseo de justicia. Nunca le había pasado algo así en la tierra. Pero, claro, ahora estaba en el cielo. Fue tan ardiente este deseo de hacer justicia, que sin pensar en otra cosa, buscó a tientas debajo de la mesa el banquito de Tata Dios, y revoleándolo por sobre su cabeza lo lanzó a la tierra con una tremenda puntería. Con semejante teleobjetivo el tiro fue certero. El banquito le pegó un formidable golpe a su socio, tumbándolo allí mismo.

En ese momento se sintió en el cielo una gran algarabía. Era Tata Dios que retornaba con sus angelitos, sus santas vírgenes, confesores y mártires, luego de un día de picnic realizado en los collados eternos. La alegría de todos se expresaba hasta por los poros del alma, haciendo una batahola celestial.

Nuestro amigo se sobresaltó. Como era pura alma, el alma no se le fue a los pies, sino que se trató de esconder detrás del armario de las indulgencias. Pero ustedes comprenderán que la cosa no le sirvió de nada. Porque a los ojos de Dios todo está patente. Así que fue no más entrar y llamarlo a su presencia. Pero Dios no estaba irritado. Gozaba de muy buen humor, como siempre. Simplemente le preguntó qué estaba haciendo.

La pobre alma trató de explicar balbuceando que había entrado a la gloria, porque estando la puerta abierta nadie le había respondido y él quería pedir permiso, pero no sabía a quién...

-No, no -le dijo Tata Dios- no te pregunto eso. Todo está muy bien. Lo que te pregunto es lo que hiciste con mi banquito donde apoyo los pies.

Reconfortado por la misericordiosa manera de ser de Tata Dios, el pobre tipo se fue animando y le contó que había entrado en su despacho, había visto el escritorio y encima los anteojos, y que no había resistido la tentación de colocárselos para echarle una miradita al mundo. Que le pedía perdón por el atrevimiento.

-No, no -volvió a decirle Tata Dios-. Todo eso está muy bien. No hay nada que perdonar. Mi deseo profundo es que todos los hombres fueran capaces de mirar el mundo como yo lo veo. En eso no hay pecado. Pero hiciste algo más. ¿Qué pasó con mi banquito donde apoyo los pies?

Ahora sí el ánima bendita se encontró animada del todo. Le contó a Tata Dios en forma apasionada que había estado observando a su socio justamente cuando cometía una tremenda injusticia, y que le había subido al alma un gran deseo de justicia, y que sin pensar en nada había manoteado el banquito y se lo había arrojado por el lomo.

-¡Ah, no! -volvió a decirle Tata Dios. Ahí te equivocaste. No te diste cuenta de que si bien te habías puesto mis anteojos, te faltaba tener mi corazón. Imaginate que si yo cada vez que veo una injusticia en la tierra me decidiera a tirarles un banquito, no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme de proyectiles. No m'hijo. No.

Hay que tener mucho cuidado con ponerse mis anteojos, si no se está bien seguro de tener también mi corazón. Sólo tiene derecho a juzgar, el que tiene el poder de salvar.

Y Tata Dios poniéndole la mano sobre el hombro le dijo con afecto de Padre:

-Volvete ahora a la tierra. Y en penitencia, durante cinco años rezá todos los días esta jaculatoria: "Jesús, manso y humilde de corazón dame un corazón semejante al tuyo".

Y el hombre se despertó todo transpirado, observando por la ventana entreabierta que el sol ya había salido y que afuera cantaban los pajaritos.

Hay historias que parecen sueños y sueños que podrían cambiar la historia.

 

*  *  *

 

El mudito alegre

 

Joaquín Aguirre Bellver

(De Cuentos y cuentos)

Selección de Susana Inés Rovere

Editorial Huemul - Bs. As.

 

 

Tardaron mucho en darse cuenta de que Damiancillo era mudo. Cuando sus padres se enteraron, lo comunicaron a los demás once hermanos, y luego a los demás ciento catorce vecinos, con lo que todos en el pueblo se pusieron muy tristes.

Un día se dieron cuenta de que Damiancillo hablaba por señas, y corriendo lo comunicaron a los once hermanos, y luego a los demás ciento catorce vecinos, con lo que todos en el pueblo se llenaron de sorpresa y alegría. Continuamente la casa estaba llena de personas que trataban de entender los gestos de Damiancillo, tan risueño siempre, tan locuaz de manos y de miradas.

Poco a poco, los padres y los once hermanos aprendieron a entenderse con el pequeño por señas; en seguida pasaron a entenderse por señas también entre ellos, y llegó un momento en que no cruzaban una palabra, sino gestos tan sólo. Mientras tanto, los vecinos, de ir y venir a la casa, pero sobre todo, de ver al padre y a los once hermanos, habían aprendido aquella forma de hablar, y no utilizaban otra cuando estaban con ellos. Hasta que dejaron todos, todos, de usar palabras, en cuanto Damiancillo comenzó a salir a la calle y a correr por el campo. En las eras, en el paseo de los álamos, en el fregadero, en la plaza, en la misma iglesia, sólo por señas se comunicaban las gentes de aquel bendito lugar.

Una mañana, por el sendero pino y pedregoso, sudando bajo el peso del sol y del saco abultado, llegó un cartero nuevo. Le sorprendió encontrarse con un pueblo de todos mudos, y preguntó la razón de algo tan chocante. Se lo explicaron, y su asombro fue mayor aún al saber las razones. Dijo que quería conocer a Damiancillo, pero el niño estaba en las eras, corriendo y jugando, como siempre, de un lado para otro.

Entonces el cartero nuevo se encaramó por las piedras musgosas de la fuente, y puesto en pie comenzó a tocar la trompeta para congregar al pueblo entero. Cuando todos estuvieron en su torno, dijo, con voz alta y clara:

-Yo no soy, amigos, el cartero nuevo que suponéis, sino el ángel que el Señor envía con sus recados más importantes. Me llamó el Señor y me dijo: “Hay un pueblo en el que todos están llenos de caridad. Ve, comprueba si es cierto, y, si lo es, diles que Yo me complazco en ellos y los bendigo”. Por eso estoy aquí, con vosotros. Todavía el Señor me hizo otro encargo: “Para mostrarles cómo mi corazón se conmueve con su bondad, diles también que les concedo la gracia que, por boca de su buen alcalde, quieran pedirme”.

Se adelantó el buen alcalde, gordo y meditabundo. Era persona que pensaba mucho las cosas antes de decirlas, y pasó un rato en rascarse la frente, palmearse la faja, fruncir las cejas y cepillarse a manotazos la barba, sin decir, esta boca es mía. Pero, eso sí, cuando se decidió, fueron sus razones de gran peso:

-Señor Ángel de Dios, si una gracia hemos de pediros, es que la próxima vez que nos transmitáis un recado no lo hagáis de palabras, sino por señas. Anda por ahí Damiancillo, ya sabéis, y podría ponerse triste oyéndoos... ¡Habláis tan bien, tan de seguido!

Y esto lo dijo el buen alcalde, por señas.

 

*  *  *

 

La pancita del gato

 

Marta Giménez Pastor

(De La pancita del gato)

Ed. Plus Ultra - Bs. As., 1978

 

 

Leopoldo es negro pero tiene la cola y las patitas blancas. También tiene los bigotes largos, la lengua rosadita y los ojos verdes. Y tiene además... una costura en la pancita, porque Leopoldo, ¡es el gato de trapo de Marcela!

Marcela anda todo el día de aquí para allá con Leopoldo a cuestas. Lo alza, lo estruja, lo zamarrea, lo abraza, lo besa y lo hace dormir a su lado.

Seguramente fue por eso..., por tanto moverlo, que un día el hilo hizo ¡plic! y a Leopoldo se le abrió un agujerito en la pancita.

-¡Leopoldo! ¿Qué te pasó? –gritó Marcela a punto de dormirse. -Ahora vos también tenés un agujerito en la panza igual que yo-... y se levantaba el camisón para que el gatito lo viera. -¡Uyyy...! ¡Uyyy...! ¡Uyyy...! Mirá tenés la panza llena de algodón...- le decía mientras metía el dedo por el pedacito descosido y lo sacaba lleno de hilachas grises. -¿Sabés Leopoldo? Se me ocurre una cosa: ¡¿Dale que vos sos una alcancía?!- y sin esperar la aprobación del gatito buscó una moneda que tenía en el pantalón vaquero y la metió por el agujerito.

Al día siguiente buscó las tres que tenía en su carterita de jugar a las visitas y también las metió en la pancita de Leopoldo, y cuando las monedas se acabaron metió el lápiz de labios de mamá, los gemelos de papá, el dedal de la abuelita, un cigarrillo del abuelito, cuatro botones, algunos tornillos, tres boletos capicúa y un puñadito de tierra con piedritas que trajo de la plaza.

¿Piedritas? No... eran unas semillitas que andaban volando por ahí. Y ellas fueron las causantes de la sorpresa.

Después de algunos días, mamá encontró a Leopoldo sobre la alfombra y al levantarlo vio la pancita descosida.

-¡Oh, pobre! Tenés un agujerito... y la panza llena de cosas raras... ¡Qué Marcela ésta!

Mamá sacudió a Leopoldo hasta que cayeron todas las cosas raras. Todas, menos las semillitas, que sin dudas estaban muy cómodas y calentitas entre el algodón. Después volvió a cerrar el agujero con varias puntadas. Le miró las patitas y dijo:

-Estas patitas están muy sucias, Leopoldo... Te voy a bañar- y lo bañó y lo colgó al sol para que se secara.

Y así fue lo que pasó. Con tanto sol en la terraza y la tierrita que se había quedado adentro y los lindos días de septiembre que se asomaban en el cielo... las piedritas-semillitas se inflaron, se abrieron y ¡¡a Leopoldo le apareció una planta en la pancita!! La plantita se estiró... se estiró... el hilo de la costura se volvió a cortar y el último día de septiembre, justo el último, a Leopoldo le asomó una flor celeste por la costura de la pancita.

Cuando Marcela lo vio... abrió grandes los ojos... después infló los cachetes, después frunció el ceño, arrugó la nariz y gritó mientras abrazaba al gatito:

-¡Mamiiii...! ¿A mí también me va a salir una flor en la pancita?

 

*  *  *

 

La doncella sobre el mar

 

(Leyenda popular de Costa Rica)

 

 

Las naves de los españoles venían surcando el océano desde hacía muchos meses. Cuando entraron en el Mar Caribe, los hombres blancos comenzaron a observar el horizonte, ansiosos de encontrar la tierra soñada.

Una mañana, descubrieron un pequeño montículo y avanzaron hacia allí.

Atónitos, comprobaron que se trataba de una hermosa mujer cubierta de algas marinas, dormitando sobre la superficie del mar. Sintieron miedo, pero la curiosidad pudo más y bajaron en sus botes para acercarse. Uno de ellos se atrevió a tocarla y la mujer despertó como de un largo sueño.

Cuando abrió los ojos, todos los soles del universo se vieron reflejados en ellos; sonrió a los hombres, después se levantó y elevando una mano señaló  el norte, el sur, el este y el oeste. Entonces surgió de las aguas una franja de tierra que se extendió hacia el norte y el sur uniéndose con otras tierras muy lejanas, separando netamente el Océano Pacífico del Mar Caribe.

Los hombres admirados por la belleza natural de la isla, desembarcaron y quedaron más asombrados aún, cuando vieron las riquezas que poseía. Habían descubierto una hermosa tierra, tan hermosa como la mujer que encontraron sobre la superficie de las aguas y la llamaron Costa Rica.

Cuando exploraron el lugar vieron que ya estaba habitado por hombres de color cobrizo, los indios. Decidieron quedarse y desde ese momento dos razas distintas comenzaron a vivir en un mismo suelo. Se levantaron caseríos, y también empalizadas y cercos; mientras tanto la mujer los observaba.

Los indios se acercaron intrigados y al comprobar que los hombres blancos eran pacíficos empezaron a relacionarse.

Sólo cuando la improvisada ciudad estuvo lista, los hombres blancos se dieron cuenta de que la mujer aún permanecía cubierta de algas marinas, su único ropaje.

Pensaron en vestirla pero no tenían ropas adecuadas ya que la expedición era solamente de hombres.

Entonces un indio ofreció llevarla a donde vivía un anciano sabio. Su morada se encontraba en una cueva, en una elevada colina que tuvieron que escalar.

Como el anciano no encontraba nada digno para tanta belleza, la tomó de la mano y la condujo a la cima de la colina. Levantó su bastón y desprendió un pedazo de cielo, una nube que corría hacia el oeste, una franja roja que cubría el sol poniente y se los entregó para que se cubriera.

Así se explica la leyenda de cómo fue descubierta Costa Rica y cómo se formó su bandera tricolor.

*  *  *

El leñador que perdió su hacha

 

 

 

 

Cuando el pequeño Carlitos quedó huérfano, únicamente heredó de su padre una casita y un hacha, pero como era muy trabajador se ganaba la vida cortando leña en el bosque para venderla luego en el pueblo a sus vecinos. Un día, mientras trabajaba, el hacha se resbaló de sus manos y fue a parar al fondo del río. Muy apenado, Carlitos comenzó a lamentarse:

-¡Ay de mí, qué desgracia! ¿Qué haré ahora para ganarme la vida sin mi hacha? Era todo cuanto tenía y la he perdido ¿Qué va a ser de mí?

Al oírle, un duendecillo del bosque se acerco a preguntarle por qué se lamentaba, y Carlitos se lo explicó.

-No te preocupes -dijo el duendecillo-. Yo sacaré tu hacha del agua y te la devolveré.

Y sumergiéndose en el río extrajo una hermosa hacha de oro que mostró a Carlitos.

-Tomá, aquí la tienes- le dijo.

-¡Oh, no!- respondió el niño. Esa es una preciosa hacha de oro y la mía era vieja y de hierro.

-Ya lo sabía- sonrió el duendecillo .-Pero por tu honradez y sinceridad te la regalo. Tómala, es tuya.

Muy contento, Carlitos regresó al pueblo y, mostrando el hacha de oro, contó a los vecinos lo sucedido.

Otro leñador llamado Adolfo, al ver acuello sintió una gran envidia. Entonces se fue al bosque y arrojó al río su propia hacha. Después empezó a lamentarse como hiciera Carlitos, hasta que apareció el duendecillo para preguntarle la causa de su disgusto.

-¡Ay, infeliz de mí! –gemía el farsante. -Se me ha caído al agua mi hacha y me moriré de hambre por no poder ganarme la vida cortando leña.

El duendecillo se sumergió en el río y volvió a salir con una magnífica hacha de oro.

-¡Mi hacha, es la mía! –gritó Adolfo tratando de agarrarla con codicia. Pero el duendecillo la lanzó nuevamente al río exclamando:

-¡Granuja! Has querido engañarme, ¿eh? Pues ahora te quedará sin ninguna, por embustero.

Y tomando una gruesa rama persiguió a Adolfo, golpeándole en las posaderas, hasta que éste salió del bosque.

 

 

El leñador que perdió su hacha

 

 

 

Leoncio, el rey de los animales, se creía tan hermoso que despreciaba a las leonas porque no tenían una melena tan larga y rubia como la de él. Un día se enamoró locamente de la hija de un rico granjero. La joven era muy bella y poseía una larga cabellera dorada, por eso el león pensó que harían una muy buena pareja. Así que no dudó en hablar con el padre de ella para que les permitiera casarse.

El granjero, ante tan disparatada proposición, se negó rotundamente. Pero Leoncio, en lugar de marcharse comenzó a mostrar los dientes y a rugir amenazador.

El padre, temeroso, no tuvo más remedio que decirle al fin:

-Está bien, te concederá el permiso para casarte con mi hija si te dejas arrancar los dientes y cortar las uñas. Comprende que ella es una joven delicada y tiene gran temor de tus garras y colmillos.

Leoncio encontró natural aquella condición y la aceptó, ñor lo que llamaron al doctor tenazas, el dentista, que en un momento lo dejó sin dientes y con las uñas tan cortas, como si se las hubiera comido.

Entonces, al verlo indefenso, el granjero agarró un palo muy grueso que tensa escondido, y dándole golpes en el lomo echó de su casa al león, sin que el infeliz animal pudiera evitarlo.

Cuando “Leoncio” volvió a la selva, avergonzado por su desdicha, tuvo que soportar las burlas de todos sus vecinos.

Por lo menos –decían riéndose de él- te han dejado la melena de la que estabas tan orgulloso.

 

*  *  *

 

 

Una vez había un tesoro

 

José Sebastián Tallón

(De Las torres de Nüremberg)

 

La ambición levanta el hacha

y en las almas corta leña;

hace fuego, sopla, y pronto

el odio baila en la hoguera.

 

I

 

Una vez había un tesoro

y en el tesoro había perlas,

maravillosas alhajas,

piedras preciosas, monedas,

y con aquel que lo hallare

se casaría la reina,

pues su Majestad el Rey

había muerto en la guerra.

 

La reina dijo: “Será

mi señor, mi rey, quien vuelva

con el tesoro. Y mejor

he de querer al que pueda,

por mi, dejar a la novia,

(y más, si la novia es bella);

por mí, dejar a la esposa

(y más, si la esposa es tierna);

por mi, dejar a la madre

(y más, si la madre es vieja);

¡porque así demostrará

su cariño el que me quiera!”

 

“Y para hallar el tesoro

-siguió la voz de la reina-

y para hallar el tesoro

se necesitan las señas

que hay en un plano escondido

junto a un rosal, bajo tierra”.

 

Los ambiciosos del reino

saben la noticia y sueñan

que alrededor de sus sienes

ciñen la corona regia...

 

Pero había uno, uno

que adoraba la inocencia.

no ardía nunca en su pecho

la llama de la soberbia.

 

II

 

Los otros ya preguntaron:

“¿En qué jardín, qué pradera

en qué ventana del mundo

crece el rosal, Madre Reina?”

 

La reina dijo: “El rosal

crece en un lugar cualquiera.

Como vosotros ignoro

si dulces manos la riegan

o las serpientes le comen

los capullos en la selva.

Sólo sé que da una rosa

grande y blanca en primavera”.

 

Y aunque faltan cuatro meses

para que el rosal florezca,

los ambiciosos del reino

dejaron casa y hacienda,

abandonaron la madre,

los hijos, la compañera,

y se lanzaron en busca

de la escondida riqueza.

 

Pero había uno, uno

que no hizo caso a la reina.

Tenía novia, la amaba,

y se quedó junto a ella.

 

III

 

Los otros ya recorrían

ciudades, campos, y aldeas.

Sobre caminos de nieve

pesadas iban las piernas,

y una manada de lobos

los perseguía de cerca.

Flacos de miedo y de hambre

mostraban la calavera,

y en sus cuerpos, las espinas

dejaban cárdenas huellas.

 

Invadieron camposantos,

jardines, prados y selvas.

Y donde había un  rosal

le revolvían la tierra,

sin mirar que lo dejaban

con las raíces afuera.

Y todos, por fin, cayeron.

¡Todos, con las ramas muertas!

 

Pero había uno, uno

que al llegar la primavera

dio una rosa blanca, rosa

más hermosa que la reina.

 

IV

 

Los ambicioso trajeron,

en vez del plano, miseria.

No vuelven todos: algunos

se mataron en pelea.

Muchos dejaron los ojos

prendidos en la maleza.

¡Un llanto de arrepentidos

lloran sus órbitas huecas!

 

Los cuerpos, duros de frío,

se arrastran como culebras.

Al verlos, huyen de espanto

madres, hijos, compañeras.

¡Todas las casas dan golpes,

todas, cerrando sus puertas!

¡Nadie los quiere! ¡Y a otro

país escapa la reina!

 

Pero había uno, uno

que adoraba la clemencia.

Les dio remedio y abrigo,

un pan y palabras buenas.

 

V

 

A los hogares perdidos,

por segunda vez regresan.

¡Novias, esposas y madres

a perdonarlos se niegan!

Aún muerde sus corazones

De abandonadas, la ofensa.

 

Y entonces fue cuando el uno

que adoraba la inocencia,

el de la novia y la rosa

más hermosa que la reina,

el de la mano clemente,

el de la palabra buena,

vio el plano junto al rosal

que se escondía en su huerta.

 

¡Ya puede hallar el tesoro!

¡Ya lo busca! ¡Ya lo encuentra!

¡Ya lo reparte entre todos

los repudiados, que tiemblan

 

y nuevamente retornan

a los hogares en pena!

Y mienten así: “Nos fuimos

en busca de la riqueza,

y a todas algo traemos

pues para vosotros era.

¡Nunca pensamos, oh madres,

en el amor de la reina!”

 

Las madres fingen creer

la mentira que consuela,

y aunque las otras mujeres

corren para detenerlas,

ya, con un divino temblor,

sus manos abren las puertas.

 

 

Anoche cuando dormía

 

Antonio Machado

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

 

Dí: ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

en donde nunca bebí?

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

 

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

 

 

 

 

 

Romance del prisionero

 

Anónimo

 

Que por mayo era por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor;

sino yo; triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero;

déle Dios mal galardón.

 

 

 

Romance del enamorado y la muerte

 

Anónimo

 

Un sueño soñaba anoche,

soñito del alma mía,

soñaba con mis amores

que en mis brazos los tenía.

Vi entrar señora tan blanca

muy más que la nieve fría.

-¿Por dónde has entrado, amor?

¿Cómo has entrado, mi vida?

Las puertas están cerradas,

ventanas y celosías.

-No soy el amor, amante:

la muerte que Dios te envía.

-¡Ay, Muerte tan rigurosa,

déjame vivir un día!

-¡Un día no puede ser,

una hora tienes de vida!

Muy de prisa se calzaba,

más de prisa se vestía;

ya se va para la calle

en donde su amor vivía.

-¡Ábreme la puerta, blanca,

ábreme la puerta, niña!

-¿Cómo te podré yo abrir

si la ocasión no es venida?

Mi padre no fue a palacio,

mi madre no está dormida.

-Si no me abres esta noche,

ya no me abrirás, querida;

la Muerte me está buscando,

junto a ti vida sería.

-Vete bajo la ventana

donde labraba y cosía,

te echaré cordón de seda

para que subas arriba,

y si el cordón no alcanzare

mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe;

la Muerte que allí venía:

-Vamos, el Enamorado,

que la hora ya es cumplida.

 

 

 

Osar, temer, amar...

 

F. de Quevedo

 

Osar, temer, amar y aborrecerse,

alegre con la gloria atormentarse;

de olvidar los trabajos, olvidarse;

entre llamas arder, sin encenderse.

 

Con soledad entre las gentes verse,

y de la soledad acompañarse;

morir continuamente; no acabarse;

perderse, por hallar con qué perderse;

 

ser Fúcar de esperanzas sin ventura,

gastar todo el caudal en sufrimientos,

con cera conquistar la piedra dura,

 

son efectos de Amor en mis lamentos,

nadie le llame dios, que es gran locura:

que más son de verdugo sus tormentos.

 

 

 

¡Inteligencia, dame...!

 

J. Ramón Giménez

 

¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas:

Que mi palabra sea

la cosa misma,

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas;

que por mí vayan todos

los que ya las olvidan, a las cosas;

que por mí vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas...

¡Inteligencia, dame

el nombre exacto, y tuyo,

y suyo, y mío, y de las cosas!

 

 

 

El jilguero

 

Leopoldo Lugones

 

En la llama del verano

que ondula con los trigales

sus regocijos triunfales

canta el jilguerillo ufano.

 

Canta, y al son peregrino

de su garganta amarilla,

trigo nuevo de la trilla

tritura el vidrio del trino.

 

Y con repentino vuelo

que lo arrebata, canoro,

como una pavesa de oro

cruza la gloria del cielo.

 

 

 

Villancico del llanto redentor

 

F. L. Bernárdez

 

Llora el niño y con su llanto

pagando la deuda irá.

En el profundo silencio,

en la gran oscuridad,

un niño recién nacido

llora con voz celestial

para anunciar a los vientos,

a las estrellas y el mar

que viene a pagar la deuda

contraída por Adán.

Llora el niño y con su llanto

la deuda pagando irá.

la sangre que por nosotros

en la cruz derramará

se anticipa en este llanto

nacido en Navidad,

llanto que brota en el tiempo

para que la humanidad

merezca ser algún día

feliz en la eternidad.

 

 

 

Nocturno

 

Conrado Nalé Roxlo

 

El bosque se duerme y sueña,

el río no duerme, canta.

Por entre las sombras verdes

el agua sonora pasa

dejando en la orilla oscura

manojos de espuma blanca.

Llenos los ojos de estrellas,

en el fondo de la barca,

yo voy como una emoción

por la música del agua;

y llevo el río en los labios

y llevo el bosque en el alma.

 

 

 

Vivir

 

Elena Ianantuoni

 

Vivir es crecer en lo dado,

repartir lo recibido;

es dar fruto como el trigo,

y a nuestro paso prodigarnos,

como la música y el río.

No pensar que queda tiempo,

porque tiempo es el camino recorrido,

si hemos de eternizar cada momento

debemos entregarnos por entero,

y por uno luego, se nos dará ciento.

 

 

 

Búsqueda

 

Elena Ianantuoni

 

Sin Ti las horas se marchitan

como otoñales hojas amarillas,

y el alma languidece

hambrienta del manjar que le apetece.

 

Como al sol su halo de fuego,

te reviste la corona del misterio,

pero el sólo presentirte da la vida,

y el esperarte, la alegría.

 

 

 

Dones

 

Elena Ianantuoni

 

Guardaré como tesoros

los regalos que me hiciste:

no dejaré perderse

los talentos que me diste.

Por cada semilla viva

te daré un árbol vigoroso,

por cada flor un fruto,

y por dolores y amores,

mi corazón maduro.

 

 

 

Deudas

 

Elena Ianantuoni

 

Tú me das y Tú me quitas,

mientras voy

por este derrotero de dolor

de cada día.

Lo que me das y me quitas,

tuyo es,

porque en mi corazón te sé

Señor de la muerte y la vida.

Porque me quitas de lo que me das,

guardo la plena certeza

de que aunque todo lo pierda,

siempre tengo un poco más.

Y como más que quitarme me das,

hasta hoy

soy un perpetuo deudor

de tu grande infinita bondad.

 

 

 

 

 

 

Amor

 

Elena Ianantuoni

 

Saberte es toda mi dicha:

de saber que existes,

alegría.

Juegos, risas, vino,

coros, luces, flores, nidos,

me invaden toda la casa

porque ha entrado el sol por sus ventanas.

Nada ya me hace falta:

dulce, simple, esencial

presencia amada.

 

 

 

la Virgen de Luján

(Patrona de la República Argentina)

 

Elena Ianantuoni

 

Iba esta Niña morena

por una pampeana senda,

por los campos de mi tierra

iba la hermosa Doncella.

 

Por Luján Ella pasaba

cuando quedó enamorada:

los tréboles fueron ancla,

las auras fueron muralla.

 

Alas claras y pequeñas

detuvieron la carreta,

y no lograban las bestias

arrastrarla con su fuerza.

 

Allí, entre cardo y riada,

floreció celeste y blanca

una flor Inmaculada:

la Señora de la Patria.

 

 

 

Romance del 25 de mayo

 

Elena Ianantuoni

 

Primera Parte: en la Península

 

Ante la España cristiana

se rindió el moro invasor;

Dios, entonces, por su hazaña

le dio América en blasón.

Esa España está de luto

porque sin rey la dejó

aquel enemigo astuto

que se llama Napoleón.

Este francés conocía

que dividir es reinar;

que es un arma la mentira,

por diabólica, fatal.

Así pudo, con su engaño,

en la farsa de Bayona,

dejar cautivo a Fernando

y arrebatar su corona.

España, que aún es la grande,

sufriéndolo no lo llora;

indómita toda arde

en llamas que se le afloran.

Desde Lérida y Asturias,

a León y Extremadura,

como en Galicia y Valencia,

están nombrando sus Juntas.

 

Segunda Parte: en Buenos Aires

 

Con estos hombres del Plata

no pudieron los sajones;

para doblarlos no alcanza

un millar de Napoleones.

Hierven las venas criollas

viendo destronado al rey;

su fiera sangre española

pide el cese del virrey.

Los vecinos del Buen Ayre

ya probaron su bravura,

pero ahora sólo quieren

el convocar una Junta.

Reunido el Cabildo Abierto

proclama con altivez

el nuevo y patrio gobierno

en mil ochocientos diez.

El presidente Saavedra,

sobre los Libros Sagrados,

jura siempre ser leal

al soberano Fernando.

Escrita así, con valor,

en oro y plata grabada,

quedó esta historia de honor,

la primera de la Patria.

 

 

 

Al hijo

 

Elena Ianantuoni

 

Saber que vendrías,

tejer entre ensueños

tu nombre y sonrisa:

así fue el comienzo.

 

Frágil y pequeño

como un pajarito,

temblando en silencio

llegaste a mi nido.

 

¡Qué dulce fue darte

por casa mi cuerpo,

con mimo abrigarte

y ser tu alimento!

 

Te amé desde antes,

y hoy, ya bienvenido,

mi amor es más grande

pues crece contigo.

 

Otros han de amarte

por dones que tienes;

mas yo, sin cansarme,

te amo porque eres.

 

Aunque todo cambie,

mi amor será el mismo:

yo seré tu madre,

tú serás mi niño.

 

 

 

Penélope y Ulises

 

De Versión adaptada de La Odisea

 

 

Descubrióse la aurora cuando Ulises despertó. Recogió entonces el manto y las pieles sobre las cuales había dormido, y salió del palacio. Se le acercaron en esto dos pastores de su casa: Melantio, el cabrero y Filetio, que llevaba consigo una vaca. Melantio se mostró muy despectivo frente al haraposo mendigo y se alejó prestamente, en tanto que Filetio conversó amablemente con él, lamentándose luego con tristes palabras de la ausencia de su rey.

Poco a poco fueron llegando también los pretendientes. Dejaron sus mantos en sillas y sillones, sacrificaron los mejores animales de los rebaños que trajeron los pastores y servidos por Melantio, Eumeo y Filetio, se  entregaron al festín. Telémaco, con intención, invitó a Ulises a sentarse junto al umbral, donde le hizo colocar una pequeña mesa y una silla. Y después de servirle su comida, lo invitó a compartir el banquete.

-Bebe y come tranquilo -le dijo- que yo cuidaré de que nadie te maltrate. Esta casa es de Ulises, que la hizo construir para mí.

Los príncipes quedaron un instante callados, debido al asombro que les produjo la audacia con que Telémaco les hablaba.

Mientras tanto Penélope, tomando una enorme llave de oro y marfil, subió al cuarto secreto donde se guardaban los tesoros del palacio; allí encontró el arco y las flechas de Ulises. En seguida bajó a la sala del banquete y cubierto el rostro por un delicado velo, les habló:

-Príncipes que estáis arruinando la casa de Ulises, os invito a participar en un certamen en el que todos podrán intervenir. Este es el arco y éstas las flechas de Ulises. Quien pueda tenderlo con facilidad y haga pasar una flecha por los doce anillos que estarán sostenidos sobre otros doce pilares, será mi esposo. Y yo me iré con él dejando para siempre este palacio, al que siempre añoraré.

-¿Habré perdido yo el juicio -interrumpió entonces Telémaco- cuando creo entender que mi madre se irá de esta casa por seguir a un nuevo esposo? Pero puesto que tal es lo que he oído, yo también quiero participar en el torneo; vosotros para ganarla, yo para no perderla.

Al decir esto se puso a clavar las segures en el patio. Luego, volvió hacia atrás y tomó el arco; por tres veces intentó tenderlo, y quizá lo hubiera logrado a la cuarta, si no hubiera advertido que Ulises le hacía una seña. Y mostrando su desaliento, dejó el arco e invitó a los príncipes a probarlo. Y sucedió que ninguno de ellos tuvo fuerzas suficientes para tenderlo. Mientras estaban distraídos en tal juego, Eumeo y Filetio, transidos de dolor, salieron de la sala y Ulises los siguió. Como si fuera por simple curiosidad, el forastero preguntó a los pastores qué harían ellos en caso de que Ulises apareciera de pronto en la casa. Los fieles servidores manifestaron que no vacilarían un momento en ponerse junto a él contra los príncipes.

-Pues bien -dijo entonces Ulises-. Yo soy vuestro rey. Veinte años de ausencia me han cambiado mucho, pero esta cicatriz os convencerá de que digo la verdad.

Separó los harapos que cubrían sus piernas y ante los asombrados ojos de sus servidores apareció la antigua herida. Con los ojos anegados en lágrimas, se echaron entonces a sus pies y lo abrazaron. Ulises les explicó en seguida su plan. Debían entrar, uno por uno, otra vez en la sala.

-Yo voy a pedir que me dejen probar fuerzas con el arco, y seguramente ninguno de ellos querrá consentirlo. Pero entonces Eumeo, por mucho que protesten, tú me lo traerás. Ordena luego a las mujeres que suban a sus habitaciones y no se muevan, por mucho ruido que oigan. Y tú, Filetio, cerrarás bien las puertas del patio con cerrojo.

Regresó Ulises junto a su mesa y poco después le siguieron sus servidores. Los pretendientes habían abandonado el juego, ya que en vista del fracaso, suponían que, siendo aquél el día dedicado a la festividad de Apolo, el dios no los había protegido. Por lo que decidieron dejarlo para el próximo.

-Pretendientes de la hermosa reina -dijo Ulises-. Ahora quiero yo probar fuerzas con el arco, para ver si no ha disminuido mi energía.

Estas palabras provocaron viva indignación entre los príncipes por el desprecio que por él sentían, y el temor de que el mendigo lograra lo que ninguno había podido hacer. Lo increparon, pero intervino Penélope.

-Los huéspedes de Telémaco no deben ser despreciados -dijo-. Y nadie tiene derecho a suponer que si este hombre consiguiera tender el arco, pudiera creerse con derecho a considerarme su mujer. Estoy segura de que no es un loco para suponerlo. Dadle, pues, el arco y las flechas y veamos cómo se porta.

Con estas palabras se retiró Penélope, en tanto que Eumeo entregaba al huésped el arco y las flechas. El héroe probó la cuerda, y viendo que todo iba bien, la tendió cual si fuese la de una cítara y la hizo vibrar sonoramente. En seguida, tomó una flecha, y sin levantarse siquiera, apuntó al blanco y la flecha atravesó limpiamente los doce anillos.

-¡Telémaco! gritó entonces el huésped-. Mis fuerzas están intactas y no como suponían estos insolentes que me despreciaban. Pero vamos, prepárales la cena para que luego puedan dedicarse a la música.

Al decir esto, le hizo una señal y Telémaco se ciñó la espada, tomó la lanza y cubierto de reluciente escudo, se colocó junto a la silla de su padre. Entonces Ulises se levantó de un salto y empuñando el arco, derramó a sus pies las flechas que colmaban la aljaba mientras decía:

-¡Basta ya de torneos! ¡Otro fin tengo y otro será el blanco!

Apuntó la flecha hacia Antinoo que pocos segundos después caía como fulminado por el rayo. Los pretendientes se pusieron de pie ruidosamente; gritaban y corrían en busca de armas, pero las puertas estaban cerradas y en la gran sala no había escudo ni lanza de qué echar mano. Furiosos contra Ulises, lo increparon por la muerte de Antinoo, que creyeron accidental.

-¡Perros! -exclamó entonces el rey héroe- . Creísteis que no volvería de Troya y os dedicasteis a cortejar a mi esposa y a destruir mi palacio. ¡Ahora os espera la muerte!

Los príncipes se hallaban dominados por el terror; ahora lo comprendían todo y sabían quién era realmente el harapiento mendigo. Eurímaco fue quien reaccionó primero con más valor, y exhortó a los demás a luchar.

Había empezado a desenvainar la espada cuando un certero flechazo disparado por Ulises lo dejó tendido. Mientras el héroe dispuso de flechas fue derribando uno a uno a sus enemigos. Después, dejó el arco, se cubrió con un escudo y asió dos fuertes lanzas. De tal modo, con las armas que había tenido la precaución de proveerse y asistido por Telémaco, Eumeo y Filetio, enfrentó a sus muchísimos enemigos. Una vez más intentaron los pretendientes arrojar contra él sus picas, pero Minerva desviaba sus tiros y apenas si hirieron levemente a Telémaco y a Eumeo. La lucha terrible y enconada terminó con el triunfo de Ulises, y sus indignos enemigos quedaron tendidos en la vasta sala.

Ulises pidió a Telémaco que hiciese venir a Euriclea, y cuando ella se presentó, le ordenó que llamase a Penélope. Euriclea obedeció puntualmente y loca de alegría, corrió con la agilidad de una muchacha a las habitaciones de la reina.

-Penélope, hija mía, despierta, ven a contemplar con tus propios ojos lo que tanto has deseado. Ulises ha regresado al fin; ha matado a los pretendientes que saqueaban su palacio y que tanto te han hecho sufrir.

-Ama -respondió la discreta Penélope-. No vengas con tales desatinos a afligir aún más mi corazón.

-No me burlo, querida hija; cuanto te digo es verdad. Ulises es el huésped a quien todos insultaban. Telémaco lo sabía, pero con sabia prudencia ocultó los propósitos de su padre. Ven, hija mía, ven conmigo.

Penélope bajó a la sala. Allí la esperaba Ulises, con el corazón ansioso y esperando que ella se arrojara en sus brazos al reconocerlo.

-Te pareces a mi esposo -dijo entonces ella-, pero quiero antes cerciorarme de que eres él en persona. Hay secretos que sólo Ulises y yo conocíamos y puedo ponerte a prueba.

Ulises sintió que la cólera inundaba su alma, y preso de gran disgusto habló a su mujer recordándole un trabajo que él había realizado: crecía en un tiempo en el patio del palacio un enorme olivo, con cuyo grueso tronco construyó un lecho decorado con oro, plata y marfil. A punto estuvo Penélope de desmayarse al oírlo, tanta fue su alegría; corrió hacia él y echándole los brazos al cuello, cubrió de besos su rostro pidiéndole que no se enfadara.

Sólo temía un engaño, y que otro hombre se valiera de un simple parecido para ocupar tu lugar -murmuró.

Estas palabras enternecieron a Ulises, que no pudo evitar las lágrimas, ahora verdaderas lágrimas de felicidad.

-Querida Penélope, todavía no han terminado mis trabajos -dijo luego-. Aún me falta otra empresa muy grande y muy difícil de realizar. Pero olvidemos eso ahora y dejemos por el momento toda inquietud.

-Sé que los dioses -replicó ella- te han prometido larga y venturosa vida, de manera que cumplirás gloriosamente los trabajos que te faltan.

Era ya muy tarde y todos se retiraron a descansar. Los felices esposos conversaron aún largamente durante un rato, ya que Penélope refirió a su marido cuánto había sufrido y él a su vez contó todas sus penas e infortunios. Mientras Ulises hablaba, no permitió Penélope que el sueño venciera sus ojos. Y pudo así conocer toda la historia de sus sufrimientos, desde el momento en que junto a sus hombres venció a los cicones, hasta que, tras muchísimas penurias y fatigas, llegó al país de los feacios que lo trataron como a un dios, y en veloz nave lo llevaron luego a su patria colmándolo de regalos.

Esto fue lo último que Ulises refirió a su esposa, cuando ya el sueño los vencía a los dos.

 

*  *  *

 

Combate de Aquiles y Héctor

 

De Versión adaptada de La Ilíada

 

 

Aquiles llegaba ya, empuñando la poderosa lanza y Héctor, al verlo, se sintió poseído por tan espantoso temor, que echó a correr. Aquiles corrió tras él.

Dieron así tres vueltas a las murallas, en tanto los dioses del Olimpo estaban pendientes de aquella carrera. Aquiles, ligerísimo, se acercaba cada vez más sin perder de vista a su presa. Intentó varias veces el troyano acercarse a las murallas, con la esperanza de alcanzar algunas de las puertas que se abrían en las altas torres, pero Aquiles, con hábil maniobra, lo apartaba siempre de ellas.

Cuando iniciaban ya la cuarta vuelta, Júpiter, harto de aquella lucha insensata, decretó la suerte de Héctor, y al saberlo, Apolo desamparó al troyano. Minerva, entonces, radiante de alegría, corrió a alentar a Aquiles dándole la buena nueva.

Descansa -concluyó-, que yo me encargo de engañar al valiente Héctor para que te haga frente.

Un inmenso júbilo inundó el pecho de Aquiles, que se detuvo en medio de la llanura. Minerva, en tanto, tomó la forma de Deifobo, hijo de Príamo, y se acercó a Héctor para ofrecerle su ayuda. Héctor apenas podía creerlo; la presencia de su hermano le dio nuevos bríos y agradeciéndole el socorro que en aquel momento de angustia le ofrecía, dio resueltamente el frente al griego.

-Tres veces di la vuelta a la ciudad sin atreverme a esperarte -le dijo-, pero ya estoy dispuesto. Sólo te pido que, así como yo entregaré tu cuerpo a los tuyos, si la suerte te es adversa, hagas lo mismo conmigo.

Aquiles, enfurecido, le arrojó su formidable lanza por toda respuesta. Pero Héctor se inclinó a tiempo y el arma se clavó en el suelo. Sin que el troyano lo advirtiera, Minerva la arrancó de la tierra y volvió a entregarla a Aquiles, que no cesaba en sus amenazadoras arengas. Héctor, decidido y reanimado por la presencia de quien creía su hermano, arrojó a su vez la lanza, que rebotó con tremendo golpe en el escudo de su rival.

Quedó así el troyano desarmado y a merced de su enemigo, y sólo atinó a llamar a grandes voces a Deifobo. Pero entonces advirtió que nadie más que ellos dos estaban en el campo, y el desdichado héroe comprendió que había sido víctima de un engaño terrible. Nada quedaba ya por hacer, más que aceptar su destino, y cubriéndose con el escudo, empuñó la pesada espada que pendía en su cinto y se arrojó contra Aquiles.

El corazón del griego rebosaba de gozo feroz. La aguda pica encontró al fin la manera de herir mortalmente a Héctor, que cayó sobre el campo.

-¡Patroclo, amigo mío, estás vengado! -exclamó Aquiles.

Y negándose a escuchar la última suplica de Héctor, apenas lanzó el príncipe troyano su último aliento, ató el cuerpo a su carro triunfal y lo arrastró tras de sí.

Troya entera gimió de dolor, mientras en las altas torres, desde donde todo lo habían visto impotentes, Príamo y Hécuba lloraban desolados junto a la esposa del valiente, la tierna Andrómaca.

Aquiles volvió triunfante y satisfecho al campamento griego. Pero pasado el primer momento, sintió renacer en él el dolor por la muerte de aquel querido Patroclo al que ni siquiera su venganza podía devolverle. Reunidos en la tienda del rey Agamenón, ninguno de los jefes griegos logró consolarlo, y sólo anhelaba celebrar prontamente los funerales de su amigo inolvidable.

-Al despuntar la aurora, ¡oh, rey Agamenón! -suplicó-, haz que traigan leña para que el fuego consuma el cuerpo del desdichado Patroclo.

Se negó a comer, y en los pocos momentos en que por la noche logró conciliar el sueño, le pareció ver a su amigo a su lado y despertó lleno de desesperación, conmoviendo a todos cuantos estaban con él. Al despuntar suavemente la aurora de rosados dedos, dio orden el rey Agamenón de que todos los guerreros fueran en busca de leña. Así lo hicieron, derribando enormes encinas cuyos pedazos llevaron luego en los carros hasta la orilla del mar, donde Aquiles había dispuesto levantar la pira. Durante toda la noche de aquel día ardió el fuego y sólo al aparecer el lucero del alba comenzó a apagarse la hoguera.

Así dieron fin las honras fúnebres rendidas a Patroclo. Aquiles quedó solo, sumido en un dolor que no le daba reposo. La aurora lo sorprendió muchas veces vagando a orillas del mar, tras una noche sin sueño, y su único consuelo era arrastrar el cuerpo de Héctor con su carro, alrededor del túmulo donde yacía Patroclo.

 

*  *  *

 

Biografía de la Madre Teresa de Calcuta

(1910 – 1997)

 

 

Agnes Gonxha Bojaxhiu, auténtico nombre de la Madre Teresa, nació el 27 de agosto de 1910, en Skopje. Sus primeros años de vida transcurrieron en calma, apenas sobresaltados por sueños con países exóticos, provocados por los relatos de los jesuitas que se ocuparon de su educación. Con doce años, estas fantasías infantiles pasarían a convertirse en indicios de una auténtica vocación.

La felicidad en el seno familiar retrasó una decisión que, en 1928, sería definitiva: entregar su vida al servicio de Dios, ayudando a sus hermanos más necesitados.

A los dieciocho años Agnes viajó a Dublín para ingresar a la Orden de Nuestra Señora de Loreto y, un año después, fue destinada a Calcuta para trabajar como profesora de Geografía en un colegio de la ciudad.

Después de diecisiete años de dedicación a la docencia, los sueños infantiles afloraron y se convirtieron en voluntad férrea de entregarse por completo a los más necesitados.

En 1948 recibió el consentimiento papal para abandonar la Orden y meses después fue autorizada a fundar su primera escuela, en un parque público de los suburbios de Calcuta.

Pronto se sumaron a la madre Teresa algunas de sus antiguas discípulas y, sin más instrumentos que su vocación de servicio, consiguieron importantes resultados en la desamparada ciudad.

La Congregación de Hermanas de la Caridad se fundó como tal dos años después, aunque la definitiva aprobación pontificia la obtuvo en 1965, siendo Papa Pablo VI.

Paulatinamente, la Orden se extendió sobre toda la India. Escuelas, hogares para moribundos y residencias de leprosos son testimonio material de una incesante lucha contra la miseria.

En 1963 el arzobispo de Calcuta bendecía la rama masculina de la Orden, que estaría encabezada por un jesuita australiano.

Los lideres políticos e instituciones internacionales elogiaron vivamente a esta mujer y sus trabajos se conocieron mundialmente.

El 8 de diciembre de 1979 se le otorgó el premio Nobel de la Paz, por su servicio altruista a los más necesitados.

La Madre Teresa sintetizaba el amor en su frágil persona. Una fragilidad que, en 1983, la mantuvo un mes en un hospital romano por dolencias cardíacas.

En el año 1989, año en que su corazón empezó a necesitar la ayuda de un marcapaso, su quebrantada salud la obligó a renunciar al cargo que desempeñaba como superiora de su congregación.

En 1990 se retiró definitivamente, aunque su congregación recalca que la Madre Teresa continuó trabajando aún después del nombramiento de su sucesora.

El 5 de septiembre, a los 87 años de edad, falleció de un ataque cardíaco en Calcuta.

 

 

 

FIN

Se agradece al Instituto Inmaculada Concepción la donación de esta obra.