Ux en la Prehistoria

Texto: Mayán Cervantes

Ilustración: Iker Larrauri

Cuando Ux, el pequeño Hombre Tigre, despertó se dio cuenta de que aún estaba en la cueva de los Hombres Caballo. Miró hacia la pared y observó las escenas de caza que los ancianos habían pintado. Todo lo que lo rodeaba le parecía extraño y hostil. Escuchó voces fuera de la cueva. Entró una mujer, y por un momento creyó que le traía de comer. Pero ella sólo recogió una piel y volvió a salir.

Esto lo decepcionó. Extrañó todavía más a los de su grupo y se puso a recordar... Igual que otras bandas, la suya se formó para cazar, pescar y recolectar alimentos. Eran cuatro o cinco familias, que desde que se unieron se llamaron Hombres Tigre. Como hacía mucho frío y todas las montañas estaban nevadas, emigraban en busca de tierras bajas y valles, donde era más probable encontrar alimento.

El hambre y las enfermedades los debilitaban. Muchos niños morían al nacer y algunos cazadores perdían la vida en la caza.

Era realmente difícil sobrevivir.

Por eso cada individuo era importante para la conservación del grupo, y todos tenían que cooperar para el bien de todos. Cuando cazaban, siempre había un jefe que dirigía las acciones, y tanto las mujeres como los niños tenían que participar. Al pequeño Hombre Tigre ya le había tocado colaborar en la caza de venados, renos y otros animales pequeños. ¡Cómo le hubiera gustado cazar algún elefante lanudo o algún mamut! Pero hasta el momento no había sido posible: a los de su banda, por ser apenas unos veinte, les resultaba muy difícil cazar animales tan grandes y peligrosos.

Cuando recolectaban, también tenían que participar todos, hasta los ancianos. Recogían semillas y raíces silvestres. Tan sólo el recuerdo del cansancio le hacía sentir un dolor en la cintura.

No eran pocas las pugnas entre los que preferían la caza y los que pensaban que era más importante la recolección.

Al pensar en todas estas cosas, Ux se sintió desprotegido. ¿Volvería a ver a los suyos? ¿Escucharía de nuevo la historia de su abuelo, quien aseguraba que descendían del valiente Tigre Dientes de Sable?

Extrañando cada vez más a su grupo, pensó en los momentos duros que pasaron mientras llegaban a este valle. Las plantas y los animales se agotaron en la zona que habitaban antes. Por ello se vieron obligados a emprender una larga marcha en busca de un nuevo terreno. Anduvieron muchos días, hambrientos, hasta que por fin encontraron este lugar que parecía deshabitado. Entonces decidieron explorarlo con todo cuidado. El valle era de buen tamaño y tenía una cueva grande en la falda de una de sus colinas.

Los cazadores fueron a inspeccionar la cueva. Descubrieron allí a una familia de osos que dormía profundamente. El padre del pequeño Ux, que era el jefe de los cazadores, dijo que no convenía atacarlos porque no estaban preparados. Entonces prendieron fuego en la entrada de la cueva para que el humo hiciera salir a las fieras. Una vez que la sorprendida familia de osos estuvo fuera, la ahuyentaron a pedradas y gritos. Todos rieron al ver que los osos daban traspiés y chocaban entre sí en su desesperada huida. Después entraron a la cueva, se sentaron en círculo y en sus caras se veía el gusto por haber tomado posesión de lo que empezaba a ser su nuevo hogar. Allí mismo, los varones planearon las actividades que realizarían en el valle al día siguiente.

Después de mucho discutir, los recolectores lograron imponer sus ideas. Desde temprano, de acuerdo con el plan del jefe, la banda se distribuyó al pie de las colinas, de frente al sol.

Ux se dispuso a trabajar. Recorrió la colina en busca de alimentos. Miró a lo lejos unas bayas rojas. Las cortó y más adelante encontró otra mata. ¡Qué banquete para todos!

De pronto, escuchó un ruido a sus espaldas, volteó pero no vio nada y siguió cortando. De repente sintió una mano sobre el hombro. No tuvo tiempo de huir, ni de gritar, pues dos extraños lo ataron y amordazaron rápidamente. Uno de ellos se lo echó a cuestas, como si fuera un pequeño reno. Caminaron durante un par de horas hasta que llegaron a una cueva donde descansaban unos ancianos; ahí lo desataron y lo llevaron al fondo. Los ancianos y los dos hombres platicaron un rato; luego, uno de los ancianos fue hasta donde se encontraba el muchacho y le dijo:

—Desde este momento trabajarás para nosotros, los Hombres Caballo.

Mientras tanto, la banda de los Tigre había reunido ya suficientes frutos, raíces y semillas, y se preparaba para regresar. En ese momento el padre de Ux notó la ausencia de su hijo. Esperaron un rato, pero el muchacho no apareció. Salieron a buscarlo por los alrededores de las colinas. Al anochecer volvieron, sin éxito. No estaba por ninguna parte.

Les angustiaba perderlo porque era un Hombre Tigre importante para la banda.

Al otro día, un pequeño grupo, guiado por el más anciano, reinició la búsqueda del muchacho. Después de caminar dieron con el rastro de los Hombres Caballo. Esa fue la pista que los llevó a la entrada de la cueva donde los encontraron comiendo. Ux se llenó de gusto al oír las voces de los suyos y supuso que el fin de su cautiverio estaba cerca.

Después de un rato de acalorada discusión, se sacó en claro que no habría ningún trato. Ambos grupos se prepararían para la guerra. El lugar de la lucha sería a la orilla de la laguna. Ux vio con tristeza como se marchaban los suyos.

El abuelo habló con uno de los ancianos. Le pidió que dejaran en libertad al pequeño y le propuso una alianza. Explicó que las bandas unidas podrían cazar animales grandes y resistir mejor las inclemencias de la naturaleza. Al decir esto todos los Hombres Caballo empezaron a opinar y ya no se entendió nada. El anciano Caballo dijo que el muchacho ya les pertenecía. Luego agregó:

—¡Y ustedes, los Tigre, tienen que abandonar esta zona o los echaremos de aquí!

Los Hombres Tigre regresaron desalentados. Quienes habían permanecido esperando, los recibieron a la entrada, ansiosos por saber qué había pasado. Los cansados viajeros se sentaron y una mujer les llevó semillas molidas y raíces asadas para que comieran. Mientras se alimentaban, contaron su travesía. Ante lo ocurrido toda la banda se sintió indignada. Prometieron que salvarían al muchacho y se convertirían en los dueños del territorio que acababan de descubrir. Aquella noche trabajaron intensamente. Las mujeres cosieron las pieles que se habían estropeado en la última caminata. Los hombres afilaron sus cuchillos de pedernal y prepararon sus lanzadardos. Los viejos rezaron y rezaron. Sólo los niños dormían. Antes del amanecer, los Hombres Tigre iniciaron la ceremonia de guerra. Hicieron una fogata. Las llamas alumbraron las paredes de la cueva, mientras los hombres se vestían con las pieles renovadas y se pintaban el cuerpo con los colores de la guerra. Una anciana echó semillas molidas al fuego y el humo se tornó azul. Invocaron a las fuerzas de la naturaleza con rezos y cantos. Cuando el sol lanzó sus primeros resplandores, ya estaban listos para la lucha.

Toda la banda salió en silencio camino a la laguna. Durante el trayecto solamente se oían las maldiciones que lanzaban los guerreros.

Los Hombres Caballo aguardaban a las orillas de la laguna con sus lanzas y macanas. No eran más que los Tigre.

Los guerreros de las dos bandas fueron tomando posiciones para el enfrentamiento. Los viejos, las mujeres y los niños, ansiosos y preocupados por el desenlace, se mantenían a cierta distancia.

El pequeño Ux, custodiado por los ancianos Caballo, anhelaba que el triunfo fuera para los suyos. El sol ya pegaba de lleno sobre la laguna.

El combate se inició con los acostumbrados gritos de uno y otro lado. Los Tigre lanzaron sus primeros dardos y un Hombre Caballo fue herido en una pierna. Esto excitó a los Caballo.

Dos de ellos, vociferando, se lanzaron a la lucha cuerpo a cuerpo. Una pareja de combatientes cayó al suelo y, mientras se forcejeaba, se escucharon los gritos de varias mujeres.

—¡Mamut! ¡Mamut! ¡Mamut!

Habían descubierto un mamut atascado en el fango al otro lado de la laguna. Los guerreros suspendieron la lucha y con gran escándalo se lanzaron contra él. En poco tiempo el cuerpo del mamut se llenó de lanzas y dardos. El mamut hizo un último intento por escapar pero, agonizante, se desplomó estruendosamente. Entre gritos y saltos los Hombres Tigre y los Hombres Caballo remataron a su presa. El bullicio arreció con la muerte del mamut, ya que cazar uno de esos animales era el acontecimiento más importante.

Paulatinamente se fueron calmando y, cansados, se miraron con alegría. De pronto, el jefe de los Hombres Caballo hizo un ademán dando a entender que el mamut era para ellos.

El jefe Tigre replicó que ellos también lo habían matado, que sus lanzas estaban clavadas en el cuerpo del animal y que lo más justo sería repartir su carne. Sin más discusión, los Caballo aceptaron las palabras del viejo Tigre y se pusieron a destazar a su presa.

Ux aprovechó este momento de cordialidad para unirse con su familia y nadie se lo impidió.

Todos departieron contentos, comiendo carne rica y fresca durante toda la tarde. Al caer la noche, el abuelo les propuso de nuevo que vivieran y trabajaran juntos. Los viejos Caballo se reunieron a discutir la propuesta del anciano Tigre. Luego regresaron y dijeron que estaban de acuerdo, que la experiencia que habían vivido juntos demostraba claramente la conveniencia de la unión.

Desde ese momento comenzaron a ser un nuevo grupo: el de los Hombres Tigre Caballo.

[MCT 15]

Esta historia muy bien pudo haber ocurrido así hace 30 mil años. Sabemos que, con el tiempo, las bandas de cazadores y recolectores se multiplicaron, ocupando cada vez más y más tierras. Como entonces el norte de Asia y el norte de América estaban comunicados, aquellos hombres fueron poblando nuestro continente. Así comenzó la historia que hoy vivimos.

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