El pollito exagerado

Algunas mentiras le causan problemas a quien las dice y a quien se las cree, un ejemplo es el siguiente cuento.

Había una vez una gallina que tenía doce pollitos. Un día, los sacó al jardín, donde andaban muy contentos escarbe y escarbe buscando gusanos. El más pequeño de los pollos se quedó atrás; de repente, le cayó una hoja de árbol en la cola y corrió a alcanzar a su mamá, gritando:

—¡Mamacita, mamacita! El cielo se está cayendo.

—¿Cómo lo sabes, hijito?

—Lo vi con mis propios ojos y me cayó un pedazo en la colita.

—Córrele —dijo la gallina— vamos a decirle al gallo.

Cuando encontraron al gallo, la gallina le cantó muy asustada:

—¡Gallo, gallo! El cielo se está cayendo a pedazos.

—¿Cómo lo sabes, gallina?

—Me lo dijo el pollito

—¿Cómo la sabes pollito? —preguntó el gallo.

—Lo vi con mis propios ojos y me cayó un pedazo en la colita.

—Córranle —ordenó el gallo— vamos a avisarle al pato.

Corrieron hasta ver al pato, que nadaba en el lago. Le contaron que
el cielo se iba a caer y los aplastaría, por eso, el pato dijo:

—Vamos rápido con el tecolote, a ver si sabe qué hacer.

El tecolote andaba subido en una rama y desde allí vio llegar a los
animales muy preocupados.

—¡Tecolote, tecolote! El cielo se está cayendo a pedazos, nos va a aplastar y vamos a morir —gritó el pato.

Luego de averiguar cómo lo sabían, el tecolote opinó:

—Esto es muy grave. Acompáñenme a contarle al perro.

El perro estaba echado en la sombra cuando se acercaron los animales chocando unos con otros.

—¡Perro, perro! El cielo se está cayendo a pedazos, nos va a
aplastar y nos vamos a morir en un ratito —le gritó el tecolote.

Medio dormido, el perro preguntó:

—¿Cómo lo sabes, tecolote?

—Me lo dijo el pato.

—¿Cómo lo sabes, pato?

—Me lo dijo el gallo.

—¿Cómo lo sabes, gallo?

—Me lo dijo la gallina.

—¿Cómo lo sabes, gallina?

—Me lo dijo el pollito.

—Y a ti, ¿quién te lo dijo, pollito?

—Yo lo vi con mis propios ojos y me cayó un pedazo en la colita.

—¿Qué hacemos perro, qué hacemos?

En eso, una zorra muy lista que pasaba por allí ofreció:

—Les presto mi cueva para que se escondan, así estarán a salvo
aunque se caiga el cielo.

La gallina sabía que las zorras se comen a los pollos y protestó:

—No, zorra, ¿qué tal si nos quieres comer?

—¿Cómo crees? Yo no me los comería —dijo la zorra.

Los animales se metieron a la cueva, pues tuvieron más miedo de
ser aplastados por el cielo que de la zorra.

—Mmm... ¡Qué sabrosa cena! —se saboreaba la zorra—. Los voy a
matar a todos de una vez y me los como de uno en uno.

Al perro se le hacía sospechosa la zorra, por eso le advirtió:

—Cuidado, zorra, que, yo también sé pelear y voy a defender a mis amigos.

—Mejor tú y yo vamos a cuidarlos —dijo la zorra—. Tú quédate afuera junto a ese roble; cuando veas que el cielo empieza a caer, corres a avisarnos.

El perro salió a vigilar. Estaba pendiente del cielo para ver a qué horas se caía. Mientras, la zorra se preparaba para comerse a los animales, que estaban muy asustados.

Pero el más pequeño de los pollos —ése al que le cayó una hoja en la cola— pudo escaparse sin que la zorra lo viera y llegó hasta el roble donde el perro ya se habla cansado de mirar al cielo.

 

—¡Perro, ven, córrele! La zorra nos quiere comer —gritó el pollo.

El perro corrió a la cueva y apenas llegó a tiempo para detenerla.

—Me engañaste, zorra; ahora vamos a pelear —gruñó el perro enseñando los dientes.

Al ver los colmillotes del perro, la zorra supo que era momento de huir. Salió corriendo y el perro tras ella. Cada vez que la alcanzaba la mordía, así que la zorra corrió más rápido todavía, hasta que pudo escaparse lejos y ya no regreso.