El hombre que visitó el infierno

Hace mucho tiempo, no sé cuánto pero es mucho, había un hombre nacido en Laguna Grande, municipio de Monte Escobedo, Zacatecas. Este hombre era de origen humilde, casado con una mujer de allí mismo, de Laguna Grande.

A poco de casados tuvieron una niña, y el pobre señor se vio en aprietos para mantener a la familia, pues se dedicaba a tocar el arpa. A veces, cuando no había fiestas, se iba a trabajar en las labores o con el ganado.

Así iba pasándola este señor, hasta que vino una sequía como nunca: casi no llovió ese año, a las presas se les empezó a terminar el agua, los pastos se secaron y el ganado se moría de hambre. La gente tampoco hallaba qué comer y se empezó a saber que a fulanito lo habían matado para robarle, que a zutanito le faltaban no sé cuántas vacas, que a menganito lo asaltaron en su mera casa. Aquello era un desorden del demonio.

El pobre arpero se encontraba en una situación desesperada. Él no quería matar ni robar; no, él no quería llegar a esos extremos, pero un día le dijo a su esposa:

—Mira, vieja, si en este momento el mismo diablo me contratara para ir a tocar a los infiernos, allá iría yo con tal de conseguir dinero para comprar comida.

—Ya deja de estar pensando tonterías —le dijo la mujer— mejor vente a cenar lo que sea, porque estás delirando y ha de ser de pura hambre.

—Bueno, pues, mientras calientas la cena voy a la tienda a comprar el petróleo para el aparato.

En ese tiempo no había luz eléctrica y las casas se aluzaban con aparatos de petróleo.

Ya estaba obscureciendo y las casas estaban a obscuras, cuando el señor vio que a lo lejos venía un jinete vestido de negro, montado en un caballote negro también. El jinete se acercaba, se acercaba, y cuando estuvieron a un paso uno del otro, ninguno se atrevía a hablar, hasta que al ratito de estarse mirando, el jinete preguntó:

—¿No sabe usted quién del pueblo sabe tocar el arpa? Porque esta noche voy a tener una fiesta y ando buscando quien vaya a tocar.

El señor, muy animado, le contestó:

—Yo sé tocar el arpa, y si usted gusta puedo ir a tocar a su fiesta.

—Bueno, pues a las doce de la noche voy a pasar por ti; te preparas y me esperas en la puerta de tu casa.

Y sin esperar contestación el jinete negro se alejó rápidamente.

Muy contento llegó a su casa el arpero; pidió a su esposa de cenar y ropa limpia y planchada; ¡ah!, también le dijo que sacara el arpa y le diera una sacudidita, al tiempo que le contaba lo del jinete negro y todo lo demás.

A las doce en punto de la noche el hombre salía a la puerta de su casa a esperar a su contratador. También en ese momento, muy puntual el jinete, llegaba al lugar de la cita, y sin detener siquiera al caballo le pidió que saltara, que se montara en las ancas y se sujetara bien de la montura. Hecho esto, el jinete espoleó a su caballo, que inmediatamente se elevó y voló cruzando el cielo como una exhalación. En unos cuantos segundos ya estaban frente a una enorme puerta de acero muy bien hecha. Dos criados se acercaron y abrieron el portón; el lugar estaba muy iluminado, pero no se veía de qué lugar salía aquella luz.

El jinete y el arpero se dirigieron a un salón lleno de gente muy elegante. Al parecer, sólo esperaban que llegara el jinete para comenzar la fiesta.

El arpero acomodó su instrumento y comenzó a tocar. Con esto se inició el baile y la gente no se cansaba de bailar, pero el arpero sí de tocar. Cuando se iba a tomar un ligero descanso, se le acercó una señora ya vieja, y se le hizo cara conocida, nada más que esa señora, según él, hacía tiempo había muerto y que en vida había sido muy mala. Todo eso lo hacía sentir un temblor por todo el cuerpo, pero él, muy macho, lo disimuló como pudo.

La viejita le dijo que no se pusiera nervioso, que sólo venía a prevenirlo:

—Nada malo va a pasarte —le dijo— no tengas miedo. Si te ofrecen vino, no lo tomes, porque es lumbre, y si te dan cigarros no los aceptes porque en vez de tener tabaco tienen veneno de serpientes. ¿Ves a tus compadres allá, detrás de esa mesa? Hace ya tiempo que están aquí con nosotros... Pero mira, por favor te pido que cuando vuelvas a la tierra les digas a mis familiares que estoy arrepentida de la vida que llevé, que por favor me perdonen.

Luego se cortó un pedazo del vestido que llevaba puesto y le pidió que lo enseñara a sus familiares para que le creyeran.

Terminada la fiesta, el jinete le dio al señor un costal de dinero y le llenó el arpa de monedas de oro. Luego, en el mismo caballo negro volaron como exhalación y el jinete lo dejó frente a la puerta de su casa. Al amanecer, la esposa fue a pedirle dinero para el mandado, pero como el señor estaba muy desvelado, sólo le dijo que tomara el dinero que quisiera del arpa. Así lo hizo la señora, y sobre el instrumento encontró el pedazo del vestido con que habían enterrado a Panchita, la mujer mala, y cuando quiso sacar dinero del arpa empezaron a salir serpientes, lagartijas, arañas y alacranes. Al final encontró unas cuantas monedas, lo mínimo que un músico ganaba por tocar una noche.

El tiempo pasó; volvieron las lluvias y las siembras dieron buenas cosechas, pero al hombre del arpa le entraron calenturas, no quería comer, atormentado por el recuerdo de aquella noche en el infierno. Sólo cuando murió pudo descansar en paz.

Recopilador: Refugio Cabral Bonilla.

Informante: Juan de la Torre Nava.

Comunidad: Adjuntas del Refugio, Mpio. de Monte Escobedo, Zacatecas.